Starmer resucita el Nuevo Laborismo de Tony Blair

El líder laborista, Keir Starmer, camina por Londres junto a Rebecca Long-Bailey, en mayo del año pasado.
El líder laborista, Keir Starmer, camina por Londres junto a Rebecca Long-Bailey, en mayo del año pasado.TOLGA AKMEN / AFP

El abogado Keir Starmer se hizo con el liderazgo del Partido Laborista con maneras suaves, mensajes de unidad y total aceptación del programa de izquierdas que su antecesor, Jeremy Corbyn, definió como “el más radical de las últimas décadas”. Pero no apartó ni un segundo la mirada del retrovisor, porque los restos del corbynismo le vigilaban con escepticismo, conscientes de que la mayoría de diputados y afiliados del partido no le habían elegido para que todo siguiera igual. Dos fueron sus principales objetivos: demostrar que era posible realizar una oposición inteligente y constructiva, distanciada de la visceralidad ideológica que había alejado al electorado de Corbyn, y eliminar todo rastro del antisemitismo que había erosionado el partido en los últimos años. La irrupción de la pandemia le permitió demostrar que era capaz de acorralar a Boris Johnson sin perder las formas ni parecer irresponsable ante la crisis. El segundo golpe, premeditado pero no anunciado, ha sido provocado por un tuit. Por un retuit, para ser precisos.

Rebecca Long-Bailey, su rival en las primarias y la candidata más cercana y leal a Corbyn y a todo lo que supuso el veterano líder de izquierdas, no se esperaba el hachazo. Starmer la había integrado en la dirección del partido, el conocido como “Gobierno en la sombra”, donde ejercía la portavocía de Educación. Su lealtad con el nuevo líder parecía incuestionable, a pesar de las diferencias entre ambos. Nada le hacía pensar que al retuitear una entrevista concedida al diario The Independent por la actriz y activista de izquierdas, Maxine Peake, se desencadenaría la tormenta. En la conversación, Peake hablaba de su nueva película, del desastre que había supuesto la gestión de Boris Johnson de la pandemia y de su deseo de sacar a los conservadores del poder. Y en medio de todo ello, al mencionar las protestas del Black Lives Matter, deslizó un comentario que arrastraba, de modo aparentemente casual, todos los fantasmas internos que agitan desde hace años las relaciones entre el Partido Laborista y la comunidad judía.

“El racismo sistémico es un asunto global. Las tácticas usadas por la policía en Estados Unidos, como la de poner la rodilla sobre el cuello de George Floyd, las aprendieron en una serie de seminarios impartidos por los servicios secretos israelíes”, dijo la actriz. A pesar de que la periodista señalaba a continuación, entre paréntesis, que un portavoz de la policía israelí había negado que existieran tales tácticas, el daño ya estaba hecho. Starmer interpretó que su rival estaba dando pábulo a la enésima teoría conspirativa antisemita que algunos sectores de la izquierda británica han propagado durante años. “Le he pedido que abandonara su puesto por haber compartido ese artículo. He marcado como mi prioridad número uno la reconstrucción de la confianza con las comunidades judías. Y para lograr esa reconstrucción he decidido expulsarla del Gobierno en la Sombra”, ha explicado Starmer este jueves.

Es una jugada audaz y arriesgada por parte de un abogado con dos caras, capaz de mostrar amabilidad y templanza para restañar heridas internas, pero implacable -como demostró al frente del Crown Prosecution Service (Fiscalía General del Estado)- cuando entiende cuál es el movimiento que puede beneficiar sus intereses políticos. Long-Bailey ha asegurado que, al darse cuenta de su error, quiso publicar una explicación aclaratoria que contó en un principio con el visto bueno de la dirección del partido. Pero que, poco después, le exigieron que retirara el retuit, se olvidara de la explicación y abandonara su puesto.

Las próximas horas serán cruciales para determinar si la decisión de Starmer consolida su poder y auctoritas en un partido que todavía sigue profundamente dividido o si comienza una nueva guerra civil que le impida remontar el vuelo. A su favor juega la devastación sufrida por el laborismo en las últimas elecciones de diciembre, en las que abandonaron a la izquierda hasta los votantes tradicionales del “muro rojo” en el norte de Inglaterra. Nadie quiere poner aún más en riesgo esa posición de debilidad, justo en el momento en que el Gobierno de Johnson comienza a vivir horas bajas por su nefasto manejo de la crisis del coronavirus. El que fuera cerebro gris y número dos de Jeremy Corbyn, John McDonnell, ha respaldado a Long-Bailey en su cuenta de Twitter: “A lo largo de todas nuestras discusiones sobre antisemitismo, siempre hemos dejado claro que la crítica a las prácticas del Estado de Israel no constituía antisemitismo. No creo que Rebecca Long-Bailey tuviera que sufrir la expulsión. Expreso mi solidaridad con ella”, ha escrito McDonnell.

La Board of Deputies of British Jews (Junta de Representantes de los Judíos Británicos), la organización judía más antigua e influyente del Reino Unido, ha felicitado a Starmer por su reacción relámpago. “Quiero agradecer a Keir Starmer que haya respaldado sus palabras con hechos en la lucha contra el antisemitismo. Después de que Rebecca Long-Bailey compartiera una teoría de la conspiración, nosotros y algunos más le dimos la oportunidad de retirar su tuit y pedir disculpas. Para nuestra sorpresa y disgusto, su respuesta fue patética. Su permanencia en la portavocía de Educación era insostenible”, ha dicho Marie van der Zyl, presidenta de la junta.

La teoría de la discordia -las supuestas prácticas israelíes de entrenamiento- tenía un origen cuando menos endeble y retorcido. La puso en circulación el diario The Morning Star, descrito como “el último diario comunista del Reino Unido” por una publicación tan de izquierdas como New Statesman, y su única fuente era una noticia de Minnesota Public Radio según la cual 100 agentes de policía habían participado ocho años atrás en un seminario sobre seguridad antiterrorista impartido por el consulado de Israel. La aparente torpeza de Long-Bailey ha puesto a Starmer en bandeja la posibilidad de dar un golpe de efecto de consecuencias inciertas. Corrientes internas del partido como Momentum, que fue clave para que Corbyn lograra todo el apoyo activista que disfrutó, han reaccionado con rabia ante la decisión del líder y la han calificado de “temeraria”. La respuesta de los diputados laboristas en los próximos días demostrará si el abogado de maneras educadas y pulso firme se ha hecho con las riendas de una organización que en los últimos años se ha paseado por el abismo de la irrelevancia.


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