Últimas mediciones en el Ártico y rumbo al sur


¿Cómo no te vuelves loco ahí arriba, todo el tiempo confinado en un barco?, me pregunta Fredy, un amigo colombiano, por email desde Barcelona. Y la respuesta es que aquí probablemente todos estamos un poco locos. Locos por la naturaleza. Este páramo de un blanco muy puro y muy frío se te mete en la piel y ya no te deja. En esta gélida atmósfera oceánica es precisamente donde flota mi objetivo: los aerosoles marinos. Son gotas líquidas o fragmentos sólidos suspendidos en el aire. Nadie lo diría, pero estas minúsculas partículas tienen un efecto considerable en el clima del planeta.

Los aerosoles marinos dispersan la radiación solar que entra en la atmósfera y a la vez también la absorben. En segundo lugar, actúan indirectamente al modificar las propiedades de las nubes. Funcionan como ‘semillas’ para la formación de núcleos de condensación de nubes. Forman así parte de la atmósfera, que protege la vida en la Tierra absorbiendo las radiaciones solares ultravioletas y calentando la superficie terrestre mediante la retención del calor. Sin embargo, los aerosoles siguen siendo el aspecto menos conocido del sistema climático. Y por eso estoy aquí, en la expedición internacional MOSAIC, para estudiar la influencia de estas partículas en el singular clima ártico.

¿Por qué queremos estudiarlo precisamente aquí? Porque el sistema marino polar -el hielo que se forma a partir de la congelación del agua de mar- es uno de los mayores biomas del planeta, con notables variaciones estacionales en ambos hemisferios. Los cambios climáticos se amplifican con rapidez en las zonas polares. Son un buen centinela del cambio global.

Los modelos climáticos no han logrado reproducir con exactitud la dinámica general de producción de hielo marino, pero se prevé una fusión masiva del hielo en los próximos decenios. Los mares cubiertos de hielo albergan un rico tapiz de actividad biológica y producen una gran gama de aerosoles biogénicos marinos. El objetivo de mi proyecto es conocer la influencia de las partículas de aerosol marino en el equilibro de la radiación y en la condensación de nubes; de este modo podremos conocer mejor nuestro clima cambiante.

Normalmente hacemos jornadas de 15 horas de trabajo, tomando mediciones y analizándolas, pero en los últimos tres días hemos bajado el ritmo debido a la visita de un oso polar, que se quedó a mirarnos y nos obligó a esperar. Esos momentos de descanso te dejan un rato para contemplar los diversos colores del Ártico, que no solo es blanco. Después de una tormenta, puedes ver el azul límpido de un cielo sin una sola nube. Te puedes quedar hipnotizado mirando el azul que sale desde el hielo y los lagos de agua dulce causados por la nieve que se ha fundido sobre la capa de hielo marino. Puedes pasarte tranquilamente una hora mirando el hielo, aquí, a 89 grados de latitud norte, a miles de kilómetros de cualquier pueblo habitado, y frotarte los ojos preguntándote si estás soñando; nuestro planeta es hermoso.

Dado que las regiones polares están cambiando rápidamente debido a la fusión del hielo, es crucial comprender los procesos biogeoquímicos marinos a gran escala que ocurren entre el océano y la atmósfera. En resumen, es importante estudiar las fuentes, las transformaciones y los sumideros de aerosoles polares, así como los vínculos con los procesos químicos y biológicos en el hielo marino y las aguas superficiales. Así podremos ir desentrañando la retroalimentación entre los océanos polares y la atmósfera que afecta al clima en las regiones polares y en el resto del planeta.

Para estudiar los aerosoles oceánicos, los estamos produciendo nosotros mismos. ¿Cómo? Estamos utilizando una cámara de generación de aerosoles marinos de última generación. Con una bomba peristáltica, el agua circula desde la base del tanque hasta la parte superior, desde donde se dispersa para caer a modo de lluvia sobre la superficie del agua. De esta manera el aire arrastrado forma burbujas que, por procesos de explosión y pulverización, producen aerosoles.

Este suelo blanco e inhóspito alberga mucha vida. El hielo marino y su microbiota – como algas, bacterias y virus – pueden ser una fuente destacada de aerosoles que pueden contribuir a la población de núcleos de condensación de nubes. Esta vida microscópica, suspendida en el aire, contribuye a la formación de nubes, y de este modo puede influir en el equilibrio de energía de la superficie y en el deshielo, estableciendo una retroalimentación entre la biosfera y la atmósfera polar.

En las tres semanas de expedición que quedan, seguiré estudiando –con permiso de los osos polares- estos influyentes aerosoles, desde nuestra ‘casa’ varada en medio del hielo Ártico, para entender un poco mejor este importante ciclo recíproco entre los microorganismos oceánicos y la atmósfera terrestre.

Manuel Dall’Osto es investigador del CSIC en el Instituto de Ciencias del Mar de Barcelona (ICM-CSIC). El Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) es la única institución española que participa en MOSAIC. Tiene dos proyectos de investigación del Instituto de Ciencias del Mar (ICM-CSIC): uno que estudiará la masa y el grosor del hielo vía satélite y otro, que lidera Manuel Dall’Osto, que investigará la relación entre la materia biológica marina y la formación de las nubes.

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