Un día como preso: abren tétrica cárcel a turistas


El expenal “García Moreno”, una de las cárceles más tétricas de Ecuador convertida ahora en un excéntrico centro de memoria histórica, busca recrear a turistas valientes la escalofriante vida que padecieron en ese lugar los más célebres asesinos, narcos, políticos corruptos e, incluso, muchos inocentes.

Quienes se atrevan a encerrarse en esas mismas rejas y paredes son ahora los verdaderos protagonistas de una historia que intenta concienciar sobre la época más oscura del penal, en su tiempo manejado bajo una férrea disciplina y tratos crueles, según historiadores.

Este centro penitenciario, que lleva el nombre de su impulsor, el asesinado presidente ecuatoriano Gabriel García Moreno (1861-1865, 1869-1875), forma parte ahora de una iniciativa que busca desprenderse del turismo tradicional para que el público palpe en carne propia la vida de un preso.

Inspirado en otros penales europeos, el antiguo panóptico, con cinco pabellones y 290 celdas, fue construido en 1875 por el arquitecto danés Thomas Reed y se encuentra ubicado en el casco histórico de la ciudad, en el barrio San Roque.

“Entre rejas”, la iniciativa turística, se enfocó en este lugar que ha sido tachado o estigmatizado por la sociedad debido a las historias de crueldad que escapaban de sus muros.

Así opinan los creadores del original proyecto, apoyados por exinternos que ahora gozan del beneficio de la “prelibertad” y que, con sus relatos, acompañan los recorridos nocturnos que se desarrollan con más de cuarenta turistas dispuestos a afrontar la experiencia.

Alexandra Ortega, coordinadora del emprendimiento “Quito Post-Mortem”, que ofrece otros lúgubres recorridos, explicó a Efe que la iniciativa busca “la prevención del delito”, pero también que las personas “valoren más su libertad, su integridad” pues “en un lugar como este, quién sabe la suerte que puedes correr”.

A través de este proyecto de “turismo negro”, los visitantes conocen diferentes perspectivas de la vida en presidio, como la de los guardias penitenciarios o la de los familiares de los reos pues, en ese entonces, “cuando una persona caía presa también caía su familia”, comentó Ortega.

Para Neptalí Maya, un joven quiteño que acudió al recorrido “por curiosidad” con un grupo de amigos, la experiencia fue enriquecedora, una “manera diferente de hacer turismo” y de apreciar su “valiosa” libertad.

El estar entre barrotes por unas horas, afirmó, le llevó a pensar en los desafíos de los reclusos y, sobre todo, de acercarse más a la historia de una de las cárceles más violentas del país.

“Nos retiraron los celulares, nos esposaron, nos subieron al autobús y nos llevaron a la cárcel”, evoca sobre la experiencia, en la que actores que hacían de guías les gritaban: “¡Calla recluso!” o “¡Calla escoria!”, mientras otros hacían de presos y decían: “¡Carne fresca!”.

También se recrean personajes como “El polilla”, un tipo de reo que “se encargaba de hacer cualquier cosa” con el fin de obtener algo de dinero para drogas, comentó Jerson, el joven actor que interpretaba a esa figura, al que también le decían “el come muertos” porque era capaz de culparse a sí mismo por la muerte de otro con el fin de conseguir unas monedas.

Incluso hacía “favores sexuales” para reproducir el círculo de la droga en el penal, relató Jerson, quien calificó la cárcel como “un centro de tortura, más que un centro de rehabilitación”.

El expenal “García Moreno”, que sufrió de un acentuado hacinamiento, fue cerrado en 2014 cuando más de mil presos fueron traslados a la cárcel regional de Latacunga, en la vecina provincia de Cotopaxi.

En la antigua cárcel de Quito circularon macabras historias de personajes siniestros que marcaron la vida nacional en algunas épocas, como el “Monstruo de los Andes”, un asesino serial, o el “Cuentero de Muisne”, un ingenioso estafador que engañó a pueblos enteros y que se fugó del centro vestido de sacerdote.

Han proliferado relatos fantásticos e inverosímiles pero, otros, muy reales como el de un excapo de la droga, Oscar Caranqui, asesinado en otra prisión pero que en el expenal tenía una “celda de lujo” con bar incluido.

También tuvo como interno a uno de los dirigentes más prominentes de la historia ecuatoriana, el expresidente Eloy Alfaro (1906-1911), un caudillo que encabezó la revolución liberal a finales del siglo XIX y cuyo nombre fue asumido por una guerrilla urbana en la pasada década de los ochenta.

Relatos menos refulgentes son las riñas entre presos por robarse colchones, o el del “cinco latas”, reconocido por matar a alguien a cambio de cinco sucres, la antigua moneda nacional que dejó de circular en 2000.

“Había locos que mataban por gusto”, señaló un exreo al recordar que, en su tiempo, se producían peleas por zapatillas, pantalones o chaquetas, aunque destacó que él también vivió momentos felices, como una fiesta de cumpleaños de sus hijos que celebró en su celda.

Salir del turismo tradicional es una opción que “Post Mortem” brinda cada sábado a algo más de un centenar de personas que, por veinte dólares, están dispuestos a adentrarse en el corazón de este lugar ahora abandonado, envuelto de misterio y de señales de una historia que sigue latente y encerrada entre rejas.


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