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Una discreta granja de ladrillo, el lugar donde Isabel II se refugia cuando huye de palacio

La vida normal no está hecha para la realeza. El día a día, madrugar para ir a trabajar, viajar en transporte público, intentar llegar a fin de mes o fichar no son actividades a las que estén acostumbrados los miembros de las familias reales. Sin embargo, de vez en cuando les gusta jugar a tener existencias mundanas, vidas que casi rozarían el anonimato y a habitar casas —relativamente— pequeñas. Una de ellas, cercana a un inmenso palacio, es la preferida de Isabel II de Inglaterra. Una construcción simple de ladrillo rojo, antigua granja y casa de trabajadores, la llamada Wood Farm, situada en los terrenos de Sandringham, es el reducto donde se refugia la soberana más famosa del mundo en sus días más nostálgicos. Como los que están a punto de llegar.

Este próximo 6 de febrero Isabel II celebrará sus 70 años en el trono. Pero ese es también un aniversario agridulce, porque se cumplen siete décadas de la muerte de su padre, el rey Jorge VI, al que estaba profundamente unida y que precisamente tuvo lugar en Sandringham. Por eso estos días la reina, en plena tormenta política en Reino Unido y tras la dura ola de ómicron vivida en Europa, ha decidido volver a los orígenes y buscar abrigo en su granjita de ladrillo, que además era la construcción favorita de su marido, Felipe de Edimburgo, que vivió allí desde que se retiró en el verano de 2017 y hasta que se marchó con su esposa a Windsor a causa de la covid-19. Entonces, en aquellos tiempos prepandémicos, Isabel le visitaba con frecuencia, cuando no tenía compromisos, desde Londres, en el tren real. Pero estos días supondrán los primeros en los que la reina regresa a Sandringham, y a esa construcción, como viuda.

Wood Farm es mucho más modesta que la construcción principal de Sandringham, la finca más grande de la familia real británica, con 10.000 hectáreas, situada al este de Inglaterra (a 160 kilómetros de Londres) y que la reina Victoria compró en 1862 para su segundo hijo, que acabaría siendo el rey Jorge V. Esa pequeña casa que tanto gusta a la actual soberana ya estaba allí entonces, según los escritos de la época y tal y como recoge la prensa británica. En 1910 Jorge V decidió destinar allí al sexto y más pequeño de sus hijos, Juan, que sufría de epilepsia. Rodeado de su huerto, sus gallinas y su niñera, vivió el pequeño hasta 1919, cuando falleció, con solo 13 años. La casa quedó vacía un tiempo para después alquilarse y más tarde convertirse en vivienda del médico del lugar —el mismo que examinó a Jorge VI al morir, en 1952— para, con su jubilación, pasar de nuevo a manos de la familia real.

Fue entonces cuando Felipe de Edimburgo, a quien tanto le gustaba hacer las cosas a su manera, decidió convertirla en su refugio. Redecoró sus estancias y las pintó con sus propias manos, han afirmado algunos de sus biógrafos. Durante un tiempo la familia la usó: Carlos de Inglaterra volvía allí los fines de semana cuando estudiaba en Cambridge y daba divertidas fiestas, que acabaron a principios de los setenta. Desde entonces, a la real pareja le gustaba pasar una semana allí a finales de octubre o principios de noviembre, ya con la temporada de caza del faisán en marcha. La reina quiso volver esta Navidad —como es habitual; siempre acude desde mediados de diciembre a principios de febrero— pero se quedó en Windsor, por precaución ante ómicron.

En Wood Farm los sirvientes no llevan uniforme, sino que van con ropa de campo, algo más informal y del gusto de Felipe. Allí no hay reverencias, ni rituales, ni posición de firmes. Solo tiene cinco habitaciones, es decir, la principal de la soberana y otras cuatro para invitados; el personal vive en una construcción cercana con ocho cuartos. De todos modos, no tiene demasiados cortesanos. Según The Daily Mail solo la acompañan su paje, su modista e íntima Angela Kelly, un ayudante para sus tres perros, dos cocineros y un ama de llaves, además de tener siempre cerca un chófer y una cantidad indeterminada de guardaespaldas.

La casa cuenta también con un comedor y una sala de estar con chimenea que la reina utiliza con frecuencia, además de un salón más grande que puede albergar un almuerzo para 20 personas. La cocina y el comedor del servicio se restauraron hace apenas cinco años. Quienes tratan allí a la soberana afirman que está tranquila, es cercana y prescinde de todo ceremonial. El mar está a un par de kilómetros, las vistas son excelentes. Felipe solía pintar gracias a su buena luz, mientras que Isabel despacha por las mañanas y pasea con sus perros o con algún amigo por las tardes, o visita la propiedad principal de Sandringham para echar un vistazo a sus caballos. Un antiguo cocinero de la casa, Darren McGrady, tuiteaba hace unos días: “Me encantaba estar allí. Es tan pequeña que podías interactuar con ellos todos los días, hacer ruido con las sartenes y jugar con los corgis. Y cuando la reina echa un vistazo a la cocina después de una semana ajetreada y da las gracias… No hay mejor cumplido”. De hecho, según The Telegraph en ocasiones la propia reina cocina o incluso lava los platos.

La familia real en un salón de palacio de Sandringham, en Norfolk (Inglaterra). De izquierda a derecha, en el sentido de las agujas del reloj, el príncipe Eduardo, el duque de Edimburgo, la reina Isabel II, la princesa Ana, el príncipe Carlos y el príncipe Andrés, el 1 de abril de 1969.GETTY

La casa era perfecta para Felipe gracias a esas buenas vistas al mar, al estar cerca de la zona de caza de los faisanes y de los establos y también a apenas tres kilómetros de la estación de tren. Además, alojarse allí, como vio con buen ojo Felipe, era menos frío e impersonal que en la casa principal que, sobre todo, resultaba demasiada cara para abrirla solo unos cuantos días para dos personas. Por eso, según el columnista Basil Boothroyd y como recoge Vanity Fair, empezaron a usarla en 1967.

El que fue refugio de Felipe en sus últimos días y, al parecer, guarda aún muchos de sus recuerdos y objetos personales, lo es ahora de Isabel, que lo ha escogido para retirarse del mundanal ruido durante unos días. Al fin y al cabo, ese siempre ha sido el destino de esta casita: ser el escondite perfecto. Allí se quedó Diana Spencer —de hecho, ella nació en esa misma finca de Sandringham— unos días en los ochenta durante una visita familiar, algo antes de anunciar su compromiso con Carlos. Y también allí se alojó Kate Middleton cuando pasó un fin de semana con Guillermo a principios de los años 2000, cuando arrancaban su relación. Y, de forma menos festiva, en esa edificación pasó algunas Navidades una repudiada Sarah Ferguson tras su divorcio de Andrés de Inglaterra, en 1996. No podía ir a la casa grande a celebrar la Navidad pero al menos veía a sus hijas, que acudían a visitarla. Escondite elegido u obligado, pero escondite al fin y al cabo.




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