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Unas fotografías inéditas del funeral de Frida Kahlo salen a subasta 66 años después de su muerte



21 de agosto de 1929. Una boda pequeña, tras un noviazgo corto. Ella, Frida Kahlo, tiene 22 años. Él, Diego Rivera, 43. Sobre las mesas hay sopa de ostión, arroz con plátano, chiles rellenos, mole negro, pozole rojo. Alrededor, decoraciones coloridas y un puñado de amigos: artistas, fotógrafos y militantes del Partido Comunista. De pronto, irrumpe la exesposa de él, Lupe Marín, para levantar la falda de la novia y mostrar sus piernas, una más delgada que la otra como secuela de la espina bífida que padecía. “Miren esos dos palitos. Es lo que tiene Diego en vez de piernas”, grita a viva voz. El episodio marca el tono de lo que sería a partir de ese día una tormentosa y fascinante relación entre los dos grandes artistas mexicanos.
Las vidas del Elefante y la Paloma, como se los llamaba por su gran diferencia de tamaño, quedaron entrelazadas por 25 años. Durante todos ellos habría dos casamientos, un divorcio y un sin fin de infidelidades y escándalos que fueron el deleite de la prensa de la época. En su último libro, Heridas. Amores de Diego Rivera, la escritora Martha Zamora reconstruye la vida de las mujeres que compartieron vida con el famoso pintor. Junto a ella, en Verne reconstruimos la apasionada relación de Frida y Diego a partir de cartas, testimonios, fotografías y obras de arte.
“Diego es bueno conmigo y me quiere (hasta ahorita) bastante”, le decía Frida Kahlo a su mamá en una carta enviada en 1931 desde Estados Unidos, donde los recién casados vivieron algunos años. Pero los amoríos de Rivera ya habían empezado.

Cuando Alberto Veraza Uthoff, hijastro de la hermana de Frida, fue a visitar a la pareja en Nueva York dio con la pintora en furia. “La encontré muy enojada, diciendo groserías porque Diego se había ido a Detroit con otra señora y la había dejado sola”, dijo en una entrevista a la escritora Martha Zamora.
Ione Robinson, una de sus asistentes americanas en los murales de San Francisco en 1930, fue una de esas tantas amantes que se dice lo acompañaron -algunas por horas, otras por días-. Eran jóvenes pintoras de “talento sobrenatural”, dirá Frida en una carta años después; talento que “siempre está en razón directa de la temperatura de sus bajos”, agregaba. Mientras tanto, en esos años del matrimonio en Estados Unidos, Frida tendría el primero de sus abortos. El dolor de las traiciones y la infertilidad marcarían su obra.
Para quienes conocían a Diego, sus aventuras no fueron una sorpresa. 20 años mayor que Frida, llegó a ella tras vivir 10 años en París con la artista Angelina Beloff, a quien engañó con la cubista Marevna Vorobev -con la que tuvo una hija no reconocida. “Luego, la abandonó para volver a México, donde se casó con Lupe Marín y tuvo dos hijas”, dice Zamora. El triángulo amoroso en este caso se formó con la fotógrafa italo-estadounidense Tina Modotti. Pero Frida fue “lo más maravilloso”, según Diego. “Tuve la suerte de amar a la mujer más maravillosa que he conocido. Ella fue la poesía y el genio mismo”, dijo Diego sobre Frida en una entrevista con Elena Poniatowska. “Desgraciadamente, no supe amarla a ella sola, pues he sido siempre incapaz de amar a una sola mujer”, confesó.
De vuelta en México, los Rivera se mudaron en 1934 al barrio San Ángel, a dos casas unidas por un puente a la altura de la azotea que él había pedido al arquitecto Juan O’Gorman. Era un símbolo de la autonomía y co-dependencia de los genios creativos. Allí ocurriría la mayor traición del maestro. Frida había convencido a Diego de contratar a su hermana Cristina Kahlo como secretaria y a ella de posar desnuda para la obra El conocimiento y la pureza. La cercanía derivó en un amorío. Frida abandonó la casa-estudio y a Diego.

Unos cuantos piquetitos, una obra con una mujer con múltiples puñaladas sobre una cama, es el testimonio desgarrador del dolor de Frida Kahlo ante el engaño de su esposo con su hermana Cristina. En 1935, Frida accede a volver con Rivera porque lo quiere “más que a su piel” -confiesa en una misiva. Hay quienes creen que entonces se inició un pacto de aceptación de aventuras. Aunque él estallará en celos, por caso, cuando descubre el romance de ella con el escultor Isamu Noguchi (1936). Se dice que a punta de pistola los obligó a separarse.

León Trotski, el político y revolucionario ruso refugiado en México, fue otro de los amores de Frida (1937), con apasionadas cartas que lo prueban. Aunque la gran debilidad de Frida por casi una década fue un fotógrafo neoyorquino de origen húngaro, quien haría sus mejores retratos a color. “Oh, mi querido Nick, te quiero tanto. Tanto te necesito, que me duele el corazón”, le escribe en una de sus tantas cartas a Nickolas Muray.

En 1939, Frida viaja a Nueva York, donde está Muray, y luego a Europa. En México, mientras tanto, Diego cae a los pies de la pintora húngara Irene Bohus y la bella actriz norteamericana Paulette Goddard. Es él quien pide el divorcio que se concreta el 6 de noviembre de 1939.

El médico Heinz Berggruen, con quien Frida vivió un mes de romance en el Hotel Barbizon Plaza de Nueva York, cuenta que ella pronto quiso volver con Diego. “Cuanto más tiempo pasábamos juntos, tanto más perceptible se me hacía su vínculo con él. Tuve que reconocer que nuestra relación para ella no era más que un episodio”, cuenta Berggruen (Frida Kahlo, por Linde Salber).
Frida produce decenas de cuadros tras el divorcio, pero no logra venderlos. Cae en la depresión y el alcohol. “Diego me ha hecho sufrir tanto que no puedo perdonarlo fácilmente, pero todavía lo quiero más que a mi vida, él lo sabe bien y por eso se encaja”, le confiesa Frida a la actriz Dolores del Río en una misiva.
Frida y Diego se casan nuevamente el 8 de diciembre de 1940, después del asesinato de Trotski. En su segundo matrimonio con Rivera, Frida impone reglas: no habrá sexo. Serán cómplices y amigos. “Es manifiesto que Diego necesitaba tanto a Frida como Frida lo necesitaba a él”, dice la escritora y biógrafa Linde Saber.

La lista de rumores de amantes de ambos lados se vuelve extensa. Diego, saldrá con la artista Rina Lazo. Frida vive un intenso y secreto romance con el pintor español Josep Bartoli. Y se cree que también con mujeres, como Chavela Vargas. “Extraordinaria, lesbiana, es más se me antojó eróticamente”. Así la describe la artista en una carta al poeta Carlos Pellicer. Pero sus obras muestran el dolor ante las aventuras de su esposo.
Cuando una exposición en honor a Diego Rivera se prepara en 1949 en el Instituto Nacional de Bellas Artes, el maestro, hace otra de las suyas. “Le di a Frida otro disgusto. Me había enamorado de la actriz de cine María Félix”, cuenta él mismo. Frida “sufrió inútilmente”, dice Diego: la exuberante María Félix nunca quiso casarse con él. Frida misma le enviará una carta decorada con dibujos de palomas pidiéndole que acepte la propuesta de matrimonio de su marido”, cuenta Martha Zamora.

Él la esperaría en cada visita en el aeropuerto de México con un ramo de flores. Hay quienes dicen que hubo un triángulo entre Frida, Diego y María, quien se quedaba en la Casa Azul con ambos por largas temporadas. Y que la artista oscilaba entre el cariño y los celos con las mujeres del maestro. Ella pintó en el cuarto de su recámara: “Cuarto de María Félix, Frida Kahlo y Diego Rivera”, junto a otros nombres de mujeres cercanas al maestro.
Diego trabajaría como siempre, siete días a la semana, decenas de horas por día, en murales, dibujos y obras de caballete. Y visitaba a diario a la comerciante Emma Hurtado, quien luego fue su última esposa. Frida Kahlo murió el 13 de julio de 1954, sola, en la Casa Azul. “Espero alegre la salida y espero no volver jamás” fue su último escrito. “Fue el día más trágico de mi vida. Perdí a mi amada Frida para siempre”, recordará Diego Rivera en una entrevista con Gladys March.

Diego reconoce los tormentos de Frida en un relato sin despojos a March, y ensaya un mea culpa. “Demasiado tarde me daba cuenta de que la parte más maravillosa de mi vida había sido mi amor por Frida, aunque realmente no podría decir que, si me fuera dada otra oportunidad, me comportaría con ella de manera diferente. Cada hombre es producto de la atmósfera social en la que crece y yo soy quien soy. No tuve nunca moral alguna y viví sólo para el placer, doquiera que lo encontrara […] Si amaba a una mujer, mientras más la amaba, más deseaba lastimarla. Frida solo fue la víctima más obvia de esta desagradable característica de mi personalidad”.
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