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Virguerías las justas

Primero sacar el codo, luego la pierna y después, si acaso, preguntar. Es un lema similar al que cumplían a rajatabla en Granada
hace
40
años. Fueron los tiempos en que el equipo nazarí respiraba por los costados de una visceral dureza, con tres combatientes sudamericanos al mando de las ceremonias: Aguirre Suárez (Argentina), Montero Castillo (Uruguay) y Pedro Fernández (Paraguay).



Los límites del reglamento eran territorio exclusivo de estos tres perros de presa que coincidieron en el Granada entre finales de los 60 y mediados de los 70. A la Real le espera hoy una batalla bien diferente a las que se libraban por aquel entonces: jugar en Los Cármenes era una profesión de riesgo.

Cuentan las crónicas de la época que el Granada planteaba auténticas escaramuzas de las que no era sencillo salir ileso. Que se lo digan a Amancio, leyenda del Real Madrid, lesionado de gravedad en uno de aquellos berenjenales.

Satrústegui, caído, en una de sus múltiples batallas futbolísticas

El charrúa Castillo fue el más efímero de los justicieros que contrató el Granada de la época. Duró dos temporadas en las faldas de La Alhambra. Pedro
Fernández era, además, un portavoz sinvergüenza del estilo: “De tu campo para allá comen tus hijos. Del mío para acá, los míos”, advertía el paraguayo en una entrevista para ‘El País’.

El más afamado era el argentino Aguirre
Suárez, defensa central de rompe y rasga, en sentido literal. Le perseguía el sambenito antes de aterrizar en la liga española. Y nunca le incomodó. El defensor procedía del equipo catalogado como más violento de la historia, Estudiantes de La Plata. El mismo que perpetró una verdadera batalla campal contra el AC Milan en la Copa
Intercontinental de 1969.

“Ya tengo pelea todo el partido”

Eran los tiempos del fútbol más beligerante. La Real viaja hoy a Granada con una mentalidad que, como concepto, hace 40 años era impensable. Para sacar el botín había que pegarse con el rival. En el sentido menos figurado de la expresión. “¡Cómo no me voy a acordar!”, exclama Jesús
Mari
Satrústegui, el delantero que huía de las persecuciones de Aguirre Suárez.

“Se les permitía todo”, recuerda para MD con una clarividente memoria el máximo goleador de la historia de la Real. En Granada, marcar pasaba a un segundo plano. Lo primero era sobrevivir. “A mí me marcaba Aguirre
Suárez”. Un salto para ganar el balón aéreo, apertura de las hostilidades. Y, de vez en cuando, saltaba la sorpresa.

Satrústegui desempolva una anécdota inesperada. “Yo lesioné a Aguirre Suárez”. Lo nunca visto. El cazador, cazado. “Fue sin querer”, afirma el artillero navarro. “Disputé el balón con él en el aire, se quedó en el suelo y se tuvo que marchar del campo”. Se le agarrotó el alma. “Como se levante, ya tengo pelea para todo el partido”, dice que pensaba Satrus. Y eso que aquella Real también era de armas tomar: “Nuestra mentalidad era ir a Granada con valentía”.

Era una Real que no se arrugaba. “Nosotros teníamos al ‘ChinoMartínez, a Ormaetxea y más tarde a Gajate, así que yo practicaba en los entrenamientos de Zubieta”, donde tampoco cabían las virguerías, como en Granada.


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