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Wittgenstein y la mística

Retrato de Ludwig Wittgenstein tomado por su estudiante Ben Richards, en 1947.
Retrato de Ludwig Wittgenstein tomado por su estudiante Ben Richards, en 1947.BRIDGEMAN IMAGES

“Dios ha llegado. Me lo he encontrado en el tren de las 5:15″, escribió John Maynard Keynes a su mujer en 1929, tras coincidir con Ludwig Wittgenstein. En 2021 se cumplen cien años de su Tractatus logico-philosophicus, una obra icónica y revolucionaria, iluminadora y enigmática.

Es un libro escrito en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, y trata de la relación entre el lenguaje y el mundo real. Se inspiraba en la obra de Frege y provocó la admiración de Bertrand Russell, que escribió un prólogo (según Wittgenstein, Russell no había entendido el libro). Es un texto breve que traza la teoría figurativa del lenguaje. La contundencia de las frases le da un aire aforístico, pero tiene una estructura trabada. Es el producto de una combinación de inteligencia e ingenuidad y lleva a una especie de repliegue. “Mi idea fundamental”, escribe, “es que las constantes lógicas no actúan como representantes de nada. Que la lógica de los hechos no consiente en tener representantes”, escribía. Las proposiciones lógicas y las proposiciones empíricas funcionan según mecanismos de representación distintos; la filosofía no es como las ciencias naturales. Muchas de las discusiones clásicas de la filosofía eran sinsentidos. “De lo que no se puede hablar, hay que callar la boca”, concluía; “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”.

Es un tratado filosófico que elabora herramientas para desmontar buena parte de la filosofía. Nace de un contexto: algunos autores han subrayado la tradición vienesa de examen del lenguaje, otros señalan que puede leerse como un poema vanguardista. Emplea numerosos recursos literarios y comparte con grandes obras del modernismo —en el sentido inglés— la dificultad y la ruptura, la autoconciencia, la mezcla de desasosiego y descaro, la preocupación por el lenguaje. Salió un año antes que el Ulises, La tierra baldía y El cuarto de Jacob.

En las últimas páginas un implacable rigor lógico lleva a Wittgenstein a la mística, que “no consiste en cómo es el mundo, sino en que sea”. “Quien me entiende las reconoce (las proposiciones del autor) al final como sinsentidos, cuando mediante ellas —a hombros de ellas— ha logrado auparse por encima de ellas. (Tiene, por así decirlo, que tirar la escalera una vez que se ha encaramado en ella.)”, escribe: quizá sea la “secreta escala” de la que hablaba San Juan de la Cruz una noche oscura. @gascondaniel




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Neto

Soy Neto, creador de LaNetaNeta.com Me apasiona leer y aprender, disfruto escribir y compartir publicaciones interesantes con el publico.

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