Así ha logrado Taylor Swift perpetuar “la última gran dinastía americana”

by

in



Anunciado con apenas 17 horas de antelación, sin ninguno de aquellos anzuelos, referencias semiprivadas, guiños a sus fans, a sus enemigos y a sus ex tan habituales en cada lanzamiento suyo. Sin jugueteos en redes sociales con todo tipo de expectativas y, sobre todo, sin apenas dar tiempo para las especulaciones, que en algunas ocasiones han hecho que el tiempo que pasaba entre el anuncio de un disco de Taylor Swift y la llegada del mismo fuera lo mejor del disco, ayer por la tarde Folklore ya parecía otra cosa. Además, la alienación de colaboradores anticipaba algo distinto. En el largo está Jack Antonoff, que ya ha colaborado con ella en el pasado y que a estas alturas medio mundo ya sabe que, si estás en casa cocinando paella, va a ser él a quien se la des a probar para que te diga qué le sobra y que le falta. Jamás dirá chorizo. Un genio sensato. También Aaron Dessner, miembro de The National, ese grupo que lleva más de una década permitiendo a los cuarentones seguir siendo indies sin sentirse mal porque ya no les entran las camisetas que se compraron en el FIB a finales de los noventa, y Justin Vernon (Bon Iver), un tipo que ha transitado de la llorera y el aislamiento forestal a hasta una suerte de Miles Davies del autotune. Se podía intuir cómo iba a sonar el disco, pero no dio apenas tiempo a siquiera considerar que iba a ser tan grande.Se podía intuir cómo iba a sonar el disco, pero no dio apenas tiempo a siquiera considerar que iba a ser tan grandeCompuesto en confinamiento y producido en remoto, el octavo largo de Taylor Swift no es ese capricho indie que se dan a veces las grandes estrellas, cuando se cansan de sí mismas o piensan que un mero giro de timón con la dosis justa de convencimiento es suficiente para mantener la atención de sus seguidores. Swift no necesitaba este disco para nada. Le iba estupendamente siendo aquella persona perfecta que insiste una y otra vez en que no lo es, pero que incluso cuando te quiere convencer de que tiene fallos, su discurso es tan, eso, perfecto, que cuesta creerla. No hay ser humano en el mundo del pop tan aparentemente privilegiado y a la vez tantas veces —algunas de forma justa, casi siempre de forma injusta— vilipendiada, despreciada y mandada, con todo el paternalismo del mundo, al rincón de pensar en de qué color será el vestido que se ponga esta noche en la entrega de premios que nunca debería ganar. Con Taylor Swift, hasta hoy, solo ha habido dos opciones: o la sigues adonde sea, o te aseguras de ir siempre a ese sitio en el que jamás te la encontrarás. Los que gustan de tomar la primera decisión se sorprenderán de dónde les ha llevado en este Folklore (coged una rebequita, que por la noche refresca) y los que se fueron hasta ese sitio en el que jamás creían cruzársela van a quedar estupefactos cuando le vean entrar lo puerta, sentarse en la barra y pedir algo muy fuerte.El álbum arranca con The 1, que es tan brillante que logra recordarnos lo mucho que echamos de menos a Regina Spektor. La sigue el primer single, Cardigan. El vídeo que la acompaña acumuló ayer un millón de visitas en apenas una hora. El tema no desentonaría en el Norman Fucking Rockwell de Lana Del Rey, pero como Taylor siempre ha sido de aquellas personas que utilizan el maquillaje para resaltar, no para esconder, le da las riendas musicales de corte al tipo de The National, no a Jack Antonoff, quien produjo el aclamado álbum de Lana. El resultado está muy cerca de lo que es un tema perfecto. La siguiente, The Last Great American Dinasty sí lo es. Tal vez se trate de la mejor canción que ha escrito y grabado nunca. Es otra de aquellas historias que tan bien relata la estadounidense, pero en vez de estar construida a base de versos que pueden estamparse en un tatuaje pequeño en el tobillo o una camiseta, se centra en el relato. La voz de Taylor —aquí y en todo el disco— hace muchas más cosas de las habituales. Jamás suena plana y jamás parece que está en una clase de OT tratando de impresionar a los jueces para que en la gala le den un tema de Alicia Keys.Todo el largo se dedica a rodear un ambiente taciturno. Casi siempre se siente cómodo ahí, incluso cuando está anunciando que quiere salir, como en las magníficas Invisible string o August, que parece un tema compuesto por Wilson Phillips aquel día en que confundieron el frasco de las aspirinas con el de los lexatines. Pausado, orquestado y con detalles de producción hasta modernos, Folklore se acerca a los dos últimos largos de The National, aquellos en que descubrieron que podían introducir elementos electrónicos y seguir siendo ellos, pero con menos canas. Si en esos álbumes se adivinaban largos debates en el seno de la banda durante sus grabaciones, en este no se ve el mínimo atisbo de conflicto. Ni siquiera en Exile, el tema en el que aparece Bon Iver. La canción fluye con una naturalidad sorprendente. Es como si Taylor le dijera: ¿has pensado en dejar de querer ser Kanye West con camisa a cuadros y en vez de eso ser Sujfan Stevens cabreado porque le ha tocado el turno de noche?Menos centrada en sí misma, sin apenas ganas de vengarse de todos (solo en Mad Woman aparece esa Taylor Swift a la que si te cuelas en la fila de pescadería te hace un tema y te humilla ante millones de fans para los que inmediatamente pasas a ser el causante del conflicto entre Israel y Palestina), más narrativa (hay algo incluso springsteeniano en algunos de sus personajes), esta mujer nacida en Pensilvania hace 30 años, ha lanzado el mejor disco de su carrera. Y lo es porque este álbum no habla de cómo, dónde y con quién ha estado en estos últimos meses. Habla de cómo es y qué quiere ser hoy y, si hay suerte, el resto de su carrera. Taylor ha dejado de ser circunstancial.


Source link