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Confundir el control, las amenazas y los insultos con amor: “Sentía que no podía estar sin él”

Isabel y Sofía se conocieron hace solo un año, pero hay algo que las une desde el primer día: ambas fueron víctimas de violencia de género cuando eran muy pequeñas. En el caso de Isabel, la sufrió entre los 14 y 16 años. Sofía, entre los 15 y 18. Isabel y Sofía son nombres ficticios, pues no quieren que sus agresores las identifiquen. Sus historias son muy parecidas. Recuerdan que al principio de las relaciones “todo era maravilloso y romántico”, como suelen iniciarse los primeros amores. Con el tiempo empezó la manipulación y el control. Sus parejas comenzaron a cuestionar lo que hacían, la ropa que se ponían, con quién se veían. De repente, acabaron aisladas. Sus núcleos eran sus parejas.

—¿Crees que hubieras salido de la relación tú sola, si tus padres no te hubiesen forzado a dejarlo? —pregunta Sofía a Isabel.

—No, no, no.

—¿Estás segura?

—Sí, tía, porque yo ya me había enterado de que me ponía los cuernos, me pegaba palizas, me insultaba. Y al final, ¿quién estaba siempre? Yo —zanja Isabel.

Ambas amigas fueron víctimas de violencia psicológica de control. Las formas más frecuentes de ejercer esta violencia machista, según el Ministerio de Igualdad, consisten en ridiculizar o humillar a la mujer, insistir en saber dónde está o enfadarse si ella habla con otros hombres. Suele empezar sutilmente y, en el caso de las más jóvenes, muchas veces ocurre a través de las redes sociales. El abuso no depende, por tanto, de la presencia física, sino que se puede ejercer a distancia y de forma mucho más constante. Es la violencia de género más común entre las parejas jóvenes: afecta a una de cada cuatro chicas de 16 a 17 años, según la última Macroencuesta de Violencia de Género de Igualdad publicada en 2019. El porcentaje de mujeres que han sufrido violencia de control asciende a 63,5% al ampliar la franja de edad hasta los 24 años, casi el doble que en 2015.

Isabel recuerda que en su caso la relación se torció a partir de los ocho meses. Pone un ejemplo de aquellos primeros comentarios que luego se convirtieron en un patrón de abuso que duró dos años: “Vio una foto de perfil en la que yo salía sentada en pantalón corto y me dijo que sus amigos pensaban que yo salía guarra. ¿Qué hice? Pues cambiar la foto. No quería que sus amigos pensaran eso de mí”. Era su primera relación y ella no sabía que eso no era normal. A partir de ahí él empezó a prohibirle muchas cosas: la cantidad de maquillaje que se ponía, con quién hablaba en clase, a dónde iba. Con el tiempo llegaron las amenazas y las humillaciones. La bombardeaba con mensajes en los que la insultaba: “Me decía que era una gilipollas, una imbécil, una inútil, una llorona y que no valía para nada”. “Y aun así yo seguía allí. Porque sentía que no podía estar sin él”, admite la joven, que ahora tiene 20 años.

Isabel (nombre ficticio), en Madrid el pasado miércoles.
Isabel (nombre ficticio), en Madrid el pasado miércoles.Olmo Calvo

El mito del amor romántico

La normalización de la violencia de género en las parejas jóvenes se puede atribuir en parte, según los expertos, a lo que se conoce como el mito del amor romántico. En el informe No es amor, publicado en octubre, Save the Children define este mito como una serie de fábulas respecto a las relaciones en las que se legitiman ciertas formas y conductas violentas dentro del ámbito de la pareja, como el conflicto, la entrega absoluta o los celos. Todo bajo la premisa del amor. Cristina Sanjuán, responsable de violencia hacia la infancia de la ONG, explica que es importante poner el foco en la prevalencia de este mito en las relaciones de los menores de 18 años porque se encuentran “en una etapa vital de la formación de su identidad”. Los adolescentes, según el citado informe, ven este mito en series o en películas y, quieran o no, se acaba convirtiendo en su referente del amor. Desarrollan una noción de relaciones que incluye la violencia de control.

Yo sentía que toda la violencia física era mi culpa. Pensaba que yo lo había hecho mal y que me lo merecía

Isabel (nombre ficticio), superviviente de violencia machista entre los 14 y 16 años

Este mito puede hacer que incluso se normalicen agresiones más explosivas, como la violencia física y sexual. Isabel vivió esto en carne propia. Su exnovio empezó con empujones cada vez que se enfadaba con ella. “De ahí pasó a darme golpes, a pegarme, a escupirme, a tirarme del pelo”, detalla. Después de cada agresión física él le pedía perdón, pero también le decía que era su culpa, que Isabel lo había enfadado y por eso él había reaccionado de esa manera. “Yo sentía que toda la violencia física era mi culpa. Pensaba que yo lo había hecho mal y que, por lo tanto, me lo merecía”, admite Isabel. “Yo era muy pequeña y me estaba formando como persona. Al final estaba aprendiendo que eso era lo normal. Pensaba que si no lo consentía lo perdería, y sin él yo no era nada”, resume.

Sofía (nombre ficticio), en Madrid el pasado miércoles.
Sofía (nombre ficticio), en Madrid el pasado miércoles.
Olmo Calvo

Ni Isabel ni Sofía sabían que eran víctimas de violencia de género hasta después de haberlo dejado con sus parejas. Durante las relaciones, ambas se culpaban a sí mismas por el abuso que sufrían. No fue hasta que fueron a terapia que pudieron identificarse como mujeres maltratadas. Ahora, con 21 años, Sofía reflexiona sobre por qué no supo diferenciar entre el amor y una relación tóxica como la que tuvo. Llega a una conclusión: “No tenemos referentes de cómo es una relación sana”. Los únicos referentes que tenían eran los que veían en la televisión. “Hemos crecido con películas como A tres metros sobre el cielo. Nuestros referentes del amor son malotes como Hache [el protagonista]: el chico violento y agresivo, pero que te defiende y protege. Viendo eso pensaba que yo también quería un Hache. Pero, ahora que lo pienso con perspectiva, sé que si me encontrara con un tío así me daría media vuelta”, sentencia.

Anna Sanmartín, subdirectora del Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud de la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD, que también elabora estudios e informes de género), explica que una de las razones por las que la violencia de control ha aumentado es porque las chicas poco a poco han ido aprendiendo cómo identificar y denunciar agresiones de este tipo. “Llevamos poco tiempo hablando de violencias en plural y las diferentes formas en las que se ejercen”, señala. Por lo tanto, “es normal que suba el total de mujeres que reconoce haber sufrido este tipo de violencia, porque ahora saben identificarla”.

Sin embargo, Sanmartín destaca que, en general, es una violencia que sigue siendo normalizada, especialmente entre los chicos. Se refiere a que uno de cada cinco varones de entre 15 y 29 años considera que la violencia machista no existe y que es solo un “invento ideológico”, según se recoge en el barómetro sobre juventud y género de la FAD publicado en septiembre. Esta cifra se ha duplicado en cuatro años, cuando se comenzó a realizar esta encuesta. Además, un 15,4% de los chicos encuestados opina que, si es de poca intensidad, la violencia de género no es un problema para la relación. “Esto es un retroceso”, sentencia Sanmartín. Es especialmente preocupante teniendo en cuenta que, en España, el 4% de las 1.113 mujeres asesinadas por violencia machista desde 2003 hasta el pasado octubre eran menores de 21 años, según el último informe del Consejo General del Poder Judicial. Han sido 45 chicas. De ellas, 13 eran menores de edad.

La falta de educación afectivo-sexual: “Yo no sabía nada de violencia de género”

Todas las chicas consultadas para este reportaje coinciden en que en las escuelas se debería hablar más sobre la violencia contra la mujer. Camila, a sus 17 años, no supo calificar como violencia machista el hecho de que su exnovio dictara cómo se vestía, cuándo veía a sus amigas, si tenía Instagram o no. Aguantó tres años con él. Durante ese tiempo él la agredió físicamente en diferentes ocasiones. “Yo no sabía nada de violencia de género. Si alguien me hubiese enseñado a detectar que eso no era amor, seguramente lo hubiese dejado desde el principio”, concluye.

María Acaso, investigadora en educación y arte, ve dos grandes problemas. “Uno: la ausencia de una educación afectivo-sexual”. Este tipo de enseñanza está prevista tanto en la última ley de educación —conocida como la ley Celaá— como en la nueva ley de protección a la infancia aprobada el pasado agosto. Pero su implementación sigue siendo una asignatura pendiente. “Tenemos que diseñar una asignatura dedicada específicamente a la educación afectivo-sexual, que sea obligatoria, transversal y continuada” desde una edad temprana, apunta Acaso. Además, añade que se debería hablar del análisis de la imagen, para que los adolescentes sepan rechazar la pornografía como referente sexual o diferenciar entre una relación sana y el mito del amor romántico.

Esto último tiene que ver con el segundo problema al que se refería Acaso: el consumo de la pornografía entre adolescentes. En España, siete de cada 10 adolescentes de entre 13 y 17 años la consumen de forma frecuente, según una encuesta publicada hace un año por Save the Children. Además, algo más de la mitad de los menores (el 54,1%) cree que la pornografía da ideas para sus propias experiencias sexuales. Acaso explica que ese acceso continuado a la pornografía hace que “se naturalice el sexo hegemónico”, como también las relaciones marcadas por el control. “Ahí está el peligro, porque no conocen otras alternativas”, concluye.

Nunca disfruté del sexo con él. Lo hacía para complacerlo y para mí eso estaba bien

Massi, superviviente de violencia machista entre los 13 y 18 años

Massi empezó con su pareja a los 13 años. Estuvieron juntos cinco años, con parones en medio. Desde el principio, se acostaba con su novio no porque le apeteciera, sino porque quería satisfacerlo. “Nunca disfruté del sexo con él. Lo hacía para complacerlo y para mí eso estaba bien”, confiesa. Hasta que un día, explica, decidió incorporar un juguete sexual para intentar sentir placer durante el sexo. “El problema surgió cuando estábamos en una posición que nos resultaba cómoda a ambos, en la que yo podía usar el juguete y él también podía disfrutar”, relata. Él quería cambiar de posición, pero ella le pidió que esperara. “Me respondió que lo importante era que él llegara, no yo”. Massi recuerda que intentó levantarse y vestirse para irse. Él, enfadado e incrédulo, intentó varias veces quitarle la ropa y besarla a la fuerza mientras ella lo rechazaba. Al final la dejó salir de la habitación.

Aun así Massi volvió con él un tiempo después: “Nunca me sentí controlada porque yo quería estar para él”. A Massi nunca la enseñaron a identificar y rechazar conductas violentas a manos de su pareja. “No era capaz de darme cuenta de que me trataba mal. O quizá no quería verlo”, admite. El último recuerdo que tiene con su exnovio fue la última vez que se acostaron. Al pedirle que usara protección, él se negó: “Me dijo que no sabía para qué quería que se lo pusiera si el resto de veces no se lo había puesto”. Massi siempre le pedía que llevara condón, pero nunca se había parado a revisarlo. “Me fiaba de él”, lamenta.


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Neto

Soy Neto, creador de LaNetaNeta.com Me apasiona leer y aprender, disfruto escribir y compartir publicaciones interesantes con el publico.

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