Cuando Roma era un infierno de lujuria y codicia

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Retrato del papa Juan XII.
Retrato del papa Juan XII.The Print Collector / CORDON PRESS

Existe un género cinematográfico conocido como road movie (película de carretera). En este tipo de filmes, los protagonistas ―en automóviles, camiones o motos― suman kilómetros y kilómetros a través del paisaje mientras el espectador sigue sus vivencias pasadas o presentes. El escritor italiano Santi Laganà (Calabria, 67 años) ha escrito un road movie medieval (Hierro y Sangre, Editorial Suma) sobre las luchas descarnadas en el interior de Roma en el siglo X, que generaron una lista de 23 papas en poco menos de 100 años. En este caso, el caminar de los personajes permite al autor describir a su paso una degradación y un horror sin límites en la península Itálica cuando la púrpura papal recaía en Juan XII (937-964). El cronista y contemporáneo Rodolfo el Calvo describió así aquel ambiente de degradación moral y humana: “Nadie había oído hablar hasta entonces de tantos incestos, apareamientos ilícitos entre consanguíneos, vergonzosos concubinatos, gente que competía en la búsqueda del mal”.

Juan XII, conocido como el Fornicario, fue elegido papa con solo 18 años. Hijo de un noble, carecía de cualquier tipo de formación humanística o religiosa. Está considerado uno de los vicarios de Roma más nefastos de la historia de la Iglesia, en un periodo denominado Pornocracia. Sus únicas preocupaciones eran la lujuria y el enriquecimiento máximo, para lo que no dudó en provocar la muerte de miles de personas por inanición o guerras. Familias forzadas a vender a sus hijos como mercancía sexual para poder sobrevivir, saqueos sin límite de los míseros poblados del centro de Italia para llenar las arcas eclesiales, nobles e hidalgos sin escrúpulos que violaban, mataban o torturaban a inocentes que solo pensaban en morir pronto para abandonar aquel infierno. “Después ocurrió algo sobrecogedor: se dieron la mano [los dos ancianos] y asintiendo febrilmente, sin ni siquiera mirarse, se acercaron al extranjero a trompicones y le ofrecieron el pecho. Una invitación explícita, desesperada. Después, [el extranjero] cerró los ojos y les asestó dos rápidos mandobles”.

Y sobrevolando todo, las luchas de poder en Europa. Un nominal rey de Italia, Berengario II, intenta arrebatarle el poder terrenal a Juan XII. Este se rebela y reclama la ayuda militar del poderoso emperador germánico Otón I, Otón El Grande. Más muerte, más horror.

Juan XII es depuesto. Organiza un ejército y vuelve a silla de san Pedro. Un martillazo en la cabeza, mientras yace con una mujer, pone fin a su vida. Escribe el autor que el “siglo X ―conocido como Siglo de Hierro siendo ‘hierro’ sinónimo de ‘bárbaro’― es, según la mayoría de los historiadores, uno de los periodos menos explorados y documentados de la Historia, sin duda el menos conocido de la Edad Media”.

“Era una época oscura, brutal y cruel en la que hombres y naturaleza se encargaron de llevar a cabo una despiadada selección, despreciando la más mínima piedad cristiana”. Y continúa el novelista: “No se reconocían más normas que la violencia, el abuso, la traición y la lujuria. Esta última fue una de las prácticas más naturales y extendidas y se consideraba natural junto con la simonía, el incesto y otras conductas que actualmente consideramos sumamente inmorales”.

Portada de 'Hierro y sangre', de Santi Laganà.
Portada de ‘Hierro y sangre’, de Santi Laganà.

Como el autor carece de una Ruta 66 al estilo de las películas de Hollywood para relatar la Italia de hace mil años, utiliza las vías que la República de Roma trazó por la península en siglos anteriores para conectar sus ciudades y dominios. Así, los protagonistas del libro transitan por los restos de la vías Cassia o la Flaminia, perdidos entre bosques, sin ninguna dirección y sin posibilidad de conocer dónde se hallaban al tener que esconderse para no ser descubiertos por las múltiples bandas de malhechores que cabalgaban buscando víctimas.

Aun así llegan a Roma, donde Laganà reconstruye una ciudad de muerte y horror. Pestilencia en cada esquina, gritos de dolor de las esclavas sexuales, posadas que ofrecen carnes putrefactas, yacijas infectas para descansar, edificios en otro tiempo imperiales, convertidos en amasijos de piedras… Y también los palacios y castillos decadentes de nobles y eclesiásticos, donde la madera podrida sustituía a los mármoles de la Antigüedad, donde soldados borrachos o corruptos permitían el paso a cambio de unas monedas. “La que había sido la capital del mundo durante siglos”, traza Laganà, “una metrópoli cosmopolita habitada por millones de personas, ahora se había reducido a una ciudad de veinte o treinta mil almas, como mucho, que sobrevivían con obstinación entre las ruinas y los restos de un pasado irrepetible, sufriendo constantes ultrajes y humillaciones, incluso en el interior de las sagradas murallas aurelianas, en lo que había sido el imperio más grande de la Tierra”.

Hierro y sangre. Santi Laganà. Editorial Suma (2021). 623 páginas. Precio: 22,70 euros.


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