Educación: la mejor vacuna contra la obesidad infantil

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Ver a un niño con obesidad o sobrepeso era hace cuatro décadas algo excepcional en nuestras calles, hoy es una imagen cotidiana. Según el Estudio sobre la situación de la obesidad infantil en España, elaborado por el Instituto DKV de la Vida Saludable, “al menos uno de cada tres niños tiene exceso de peso, una prevalencia muy elevada y similar a la de los países en los que la epidemia está más extendida”. Nos enfrentamos, como otras sociedades occidentales, a un problema de salud pública que hace peligrar el bienestar físico y psíquico de los más pequeños e hipoteca su futuro.

El riesgo es inminente, de ahí la importancia de prevenir la obesidad, detectarla de forma precoz e intervenir pronto para corregirla y evitar sus secuelas. DKV, en colaboración con la Fundación Trilema, ha impulsado el Manifiesto en pro de una Educación que promueva la Salud Integral, que invita a unirse para combatir la obesidad infantil mediante la educación en la escuela.

La apuesta por la salud es una responsabilidad de las instituciones, pero implica a toda la sociedad, a cada persona. Es un capital que debemos conservar y para lograrlo conviene adquirir hábitos saludables desde la niñez. Disfrutar de una vida sana va mucho más allá de la ausencia de enfermedades. Según la OMS, “es un estado de completo bienestar físico, mental y social”.

Para atajar la obesidad infantil desde la escuela, DKV ha impulsado una recogida de firmas en pro de una educación que promueva la salud integral

Tan importante como la composición de los menús es la educación nutricional. Al niño deben quedarle claros los criterios básicos con respecto a la alimentación. Para transmitirlos ahora jugamos con ventaja, apunta Pío Dólera, porque “muchos padres están muy concienciados sobre la importancia de la alimentación y no están solos, hay programas de atención al niño sano donde se lleva de la mano a los padres para que sepan cómo moverse”. El problema es cómo conseguir persuadir a los chavales, por ejemplo, de que beber agua es mejor que tomar bebidas azucaradas y convencerles de que menos azúcar equivale a más salud. “Es un reto porque los niños y los adolescentes viven de una manera inmediata y los beneficios de cuidarse ahora los van a ver mucho más adelante”, explica Silvia Llumá, psicóloga del Espacio de Salud DKV. Esta especialista en psicopatología infanto-juvenil apunta que “hay que buscar estrategias para que el chaval perciba que comer bien y hacer ejercicio físico tiene resultados inmediatos”.

Un niño obeso es un enfermo prematuro

“La salud de una persona adulta empieza en la infancia”, explica Pío Dólera. Nos jugamos mucho apostando o no por una vida saludable. El futuro de uno de cada tres niños está en juego por la obesidad. Puede tener problemas con los huesos y las articulaciones, hipertensión, colesterol o problemas hepáticos, ademas de dificultades para hacer ejercicio físico o practicar deporte. El estudio del Instituto DKV de la Vida Saludable apunta que la obesidad “a corto plazo incrementa los factores de riesgo cardiovascular (presión arterial y colesterol)”. La diabetes tipo 2, hasta hace poco una enfermedad ligada casi exclusivamente a personas de edad avanzada, empieza a diagnosticarse en edades cada vez más tempranas, incluso en la adolescencia o en la primera juventud.

La relación de secuelas que puede dejar la obesidad en el organismo es prolija y se detectan con facilidad en un análisis de sangre o en una exploración física. Más desapercibidos, en cambio, pueden pasar los efectos psicológicos. El más inmediato y visible suele ser la falta de autoestima. “Se da porque tenemos asociada la obesidad a personas poco dinámicas, inactivas, pasotas”, apunta Silvia Llumá. A largo plazo las consecuencias pueden ser más graves: “Muchas veces el problema se vive en silencio y esa ansiedad puede traducirse, incluso, en trastornos de la conducta alimentaria”.

Acomplejado por su cuerpo, un niño con ocho o diez kilos de más de los que corresponderían a su edad tiene problemas para establecer relaciones de amistad, siente la inferioridad y el rechazo. Lo peor es que esa situación se prolongue mucho tiempo porque, como señala Silvia Llumá, “si no se detecta y el pequeño va incubando ese malestar, esa bajada de animo, puede llegar a afectar al rendimiento escolar”. Prevenir estas y otras situaciones desde la infancia está al alcance de la mano. Invertir en fomentar los hábitos saludables en edades tempranas mejora la salud en la vida adulta. Prevenir es vivir.


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