EL PAÍS

El gran teatro del poder

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Perfecto como solo puede serlo un buen montaje. La imagen de la despedida de su presidencia podría haber sido la de su rostro severo escuchando el discurso de Donald Trump que impugnaba su legado. Lo vemos serio e impasible y sabemos que no va a mostrar disgusto por respeto institucional. Mejor que no. También podría haber optado por ese breve paseo de los dos matrimonios desde el Capitolio hasta el helicóptero oficial que los llevará a la base Andrews. Tampoco. Les habría traspasado a los Trump una dignidad que no merecían. Barack Obama y su equipo prefirieron otra estampa que, sin que fuese necesario descodificarla, fuera la última escenificación del fundamento ético de su presidencia: la gravitas.

Solo han pasado unos minutos desde el discurso de Trump, apenas unos instantes desde el paseo de los dos matrimonios. Ya vuela. La fotografía está tomada desde dentro del Marine One, se titula Farewell y es de Pete Souza. A Obama le vemos sentado y de perfil, algo difuminado, porque el objetivo de la cámara no lo enfoca a él sino a lo que él está mirando. Desde la ventana del helicóptero, el ya expresidente, elegante, contempla la Casa Blanca. ¿Qué vemos nosotros? Imágenes como esta, asociándolas con cuadros, series o películas, se diseccionan en el volumen El poder en escena coordinado por Alan Salvadó y Jordi Balló. Son 42 motivos visuales analizados. La urna, la mansión, el despacho, el guardaespaldas, la mesa redonda, la patada en la puerta, el juicio, la producción de billetes, el entierro… O la escenificación de la despedida del líder. Como en la fotografía de Obama.

Vemos lo que vemos, pero algo que va más adentro se desprende de la forma interior de la imagen. No puede verbalizarse, porque violentaría la conciencia democrática de quien contempló la escena en un tuit o en la página de periódicos. La imagen está diseñada para que la realidad pueda evidenciar un significado trascendente sin necesidad de explicitarlo. “Este punto de vista vertical y elevado implica omnipotencia, control y dominio por lo que la retórica de esta fotografía no hace sino dotar a Obama, de manera simbólica, de un aura propia de los dioses”. Revela la trascendencia del poder ejercido desde el templo donde ese hombre ha gobernado la principal potencia del mundo.

Rodrigo Rato toca la campana el 20 de julio de 2011, día de la salida a Bolsa de Bankia. Claudio AlvarezCampana capitalista

Lo iluminador de este libro es cómo desmenuza la liturgia de la religión del poder tanto político como económico en los Estados laicos contemporáneos. Los motivos visuales, como escribe Balló en la presentación, son utilizados como mecanismos “para poder transmitir un mensaje ideológico, amparándose en una forma que parece estar ahí desde siempre, y que oculta la naturaleza de su construcción fictiva”. Parece confirmarse la hipótesis de Agamben sobre la regeneración de las estructuras de poder tradicionales en arcanos económicos. Signos, símbolos y rituales que operan en el presente, también transgresiones, como el asalto al Capitolio o las manifestaciones de mujeres contra el patriarcado, también esferas invisibilizadas, y en los que la tradición occidental resuena sin advertirla mixtificada como propaganda indirecta.

Lorenzo de Medici se cubre la boca con el dedo índice en la estatua esculpida por Miguel Ángel de la basílica de San Lorenzo en Florencia. Hay un secreto que él conoce y nosotros no. El secreto de los clérigos que juzgan a Juana de Arco en el filme de Dreyer, el de la segunda parte de El Padrino que comparten el mafioso y su abogado en otro juicio. “El secreto implica un poder superior que no debe compartirse ni descubrirse”. Son códigos que se repiten en reuniones entre líderes políticos cuando hablan uno con el otro para que no escuchemos lo que se dicen, pero sin evitar que seamos conscientes de que dicen algo que no podemos saber.

Tañe una campana. Es un sonido atávico, que hace siglos ahuyentaba malos espíritus o disipaba tormentas, y que ha ido mutando su función social con los cambios de época. En tiempos de los romanos, anunciaba la hora de ir al baño público. Resonaba en las iglesias cristianas ya en el siglo V. Su repique anunció matanzas o victorias militares en la Edad Moderna. Siempre un símbolo de poder. Por ello, para subvertir el orden, se destruyeron, fundieron o vendieron 50.000 toneladas de metal consagrado en las iglesias tras la Revolución Francesa. Que nadie osase repicarlas. En los siglos XVIII y XIX la campanología llegó a su cúspide en Bélgica y Holanda y allí y entonces el sonido de la campana adquirió otra función. “No es de extrañar que fuese en la Bolsa de Ámsterdam, la más antigua del mundo, donde se emplease por primera vez el sonido del gong para señalar la hora de apertura y cierre”.

El tañido de una campana activa los dispositivos del capitalismo y oculta un misterio impenetrable

Antes de que Ronald Reagan hiciese la primera visita presidencial en 1985 y accionase la campana de Wall Street, antes de que Wall Street, de Oliver Stone, inmortalizase una época, Antonioni filmó en El eclipse un minuto de silencio en la Bolsa de Roma. El tañido de una campana congrega a los brókeres alrededor de una mesa, empiezan a sonar los teléfonos de compra y venta y el dispositivo acelerado que el capitalismo ha activado a través de aquel sonido oculta un misterio que no puede ser dicho. Es el misterio que se transforma en farsa en una de las imágenes más icónicas de la gran crisis financiera: Rodrigo Rato, julio de 2011, salida de Bankia a Bolsa. La campana que suena hueca cuando la liturgia solo es la fachada de una estafa.

Emmanuel Macron acude a dar un discurso a la Pirámide del Louvre, en París, el 7 de mayo de 2017, tras vencer en las elecciones presidenciales francesas de ese mes de mayo.PHILIPPE LOPEZ (AFP / Getty Images)Ejercer el liderazgo

No es el único capítulo del libro donde Rato hace un cameo. Reaparece en el dedicado al chófer. Es una figura que aparece en películas por la intimidad que establece con las personas que lleva, porque dentro del vehículo su convivencia es un microcosmos de las relaciones y dinámicas de clase. Pero también porque es parte necesaria de una escenificación del poder político. La escena la tenemos interiorizada: la visita de un gobernante a otro. Un coche negro conducido por el chófer que no vemos se para ante un edificio noble o palaciego, otro hombre de servicio abre la puerta y el mandatario desciende para saludar a su homónimo. La escena inversa es la del imputado por un delito económico o de corrupción y que puede huir de la prensa porque su chófer le está esperando. Y el caso extremo es Rato, antaño todopoderoso, entrando en el coche de policía y el agente apoya la mano en la cabeza para que no se golpee con el marco de la puerta.

La exhibición de la protección es un elemento distintivo de la jerarquía que ejerce el líder

Vinculado al coche oficial y primo hermano del chófer es el guardaespaldas. Innominado e invisible. En la ficción se nos hizo presente en En la línea de fuego, conectado con el instante más sacrílego de la historia política norteamericana del siglo XX: el asesinato de Kennedy. Pero en la realidad el guardaespaldas no capta la atención. Tampoco en su reciente evolución funcional. Forman un grupo, de nuevo sin rostro, alrededor del coche o del hombre al que protegen, uniformizados según una estética que recuerda al agente Smith de Matrix. “La presencia del jefe de Estado se agranda y se extiende en los cuerpos que forman su escudo”. Es la exhibición de la protección como un elemento distintivo de la jerarquía que ejerce el líder. La legión de guardaespaldas que acompaña a Vladímir Putin incluso adapta su vestimenta a la del presidente ruso.

La presencia de Putin en el libro es recurrente, como la de Trump, porque, como demuestra la excelente novela El mago del Kremlin, de Giuliano da Empoli, el presidente ruso ha milimetrado la escenificación de su liderazgo para que comunicase fuerza y autoridad. Desde las fotografías ecuestres con el pecho descubierto hasta las reuniones a dos en esas mesas interminables. En El poder en escena, donde texto e ilustración van siempre de la mano, hay una serie de fotografías en las que aparece oficiando otra liturgia donde los poderes se reconocen: la visita al centro de producción. Tenemos el imaginario tan sedimentado en nuestra memoria que hemos olvidado lo que se escenifica en estos paseos. El político recorre la factoría mostrando que la política se sostiene sobre la empresa y, al mismo tiempo, apareciendo como gran patrón del país. Pero esa no es su aparición más reveladora en el libro.

Putin, junto a un caballo durante unas vacaciones en Kyzyl (Siberia) en 2009.ALEXEY DRUZHININ (AFP / Getty Images)Caminar es política

Pocas declaraciones de intenciones tan rotundas como la retransmisión de la primera toma de posesión de Putin. El capítulo titulado ‘Se hace camino al andar’, memorable, analiza diversos paseos en solitario de líderes políticos. De Jefferson andando hasta su investidura hasta Thatcher andando por un páramo posindustrial. El canon de ese motivo visual seguramente lo configuraron las películas sobre Lincoln: “El andar convertido en discurso ideológico”. En el caso del mítico presidente norteamericano, la ideología era la democracia que lleva de la ciudadanía al poder. Hay otro momento paradigmático de ese motivo: Mitterrand emerge de la multitud para acceder solo y honrar a los mitos de la tradición política a través de la que pretendía gobernar, el sindicalista y el resistente asesinados. No era el discurso que quería imponer Putin.

Si la misión histórica que se impuso era la restitución imperialista de Rusia tras el fin de la Guerra Fría y el colapso del país durante la década de los noventa, debía refundar el honor nacional. La toma de posesión que lo había precedido, la de Yeltsin, había mostrado a un líder esperpéntico. Cuatro años después, en 2000, él invertiría esa humillación icónica. Se le vería andando solo en el Palacio del Kremlin, con ademán de soldado recorriendo una alfombra roja, y su gesto transmitiría solemnidad imperial. Y, como advertíamos en el arranque, también el montaje es significativo. “El éxtasis visual aconteció durante la retransmisión con la inserción de diversos planos subjetivos (desde el punto de vista del futuro presidente) donde el espectador de las imágenes andaba visualmente a través del pasillo de honor que recibía al líder ruso. Una imagen espectacular que acercaba el motivo visual a la órbita de los videojuegos”.

Otro buen capítulo se dedica a la caída de la estatua. En ese motivo resuena el pasado que se confunde con el arte. La adaptación de Julio César de Mankiewicz o Moisés destruyendo el becerro de oro en Los diez mandamientos. Es una lástima que no pueda explicarse aún la caída de una estatua de Putin.

La subversión del meme

El repertorio de motivos visuales que disecciona El poder en escena configura la liturgia del poder. Y una de sus principales amenazas, además de desvelar el secreto que esconde todo simbolismo, es el humor y la sátira porque la carcajada es una forma de irreverencia. En el capítulo final del libro se analiza la mecánica de este recurso subversivo adaptado al mundo de hoy: el meme. “No cuida la estética ni la integración gráfica, y enaltece la aspereza del corta-pega puro y desautorizado”. El meme sabotea la liturgia y el montaje milimetrado por asesores de imagen de políticos y gabinetes de imagen de grandes corporaciones. Es una variante del humor apropiacionista, como sintetiza Mery Cuesta, cuya efectividad se consigue al “retar a la opinión pública combinando banalidad e inteligencia, parodia y hastío”.

El afán de poder de Putin invita a la farsa y por ello los memes muestran en su mesa desproporcionada desde unos jugadores de curling hasta la sobreimpresión de las figuras del cuadro de la Santa Cena de Leonardo

Santiago Abascal en su despacho dio un enorme juego. Al repertorio simbólico del nacionalismo español que ya tenía en la fotografía original, se le fue acumulando el repertorio completo para extremar lo que en la primera imagen ya estaba. A la bandera, la escultura de Cristo o la escultura de la cabeza de un toro, se le sumó desde un toro de Osborne hasta una nevera donde se conservaba el cadáver de Franco. Y algo parecido se hizo en otra mesa de trabajo de un político a la que ya hemos aludido: aquella en la que Putin se ha reuni­do con otros mandatarios. Es tan exageradamente enorme que su afán de poder invita a la farsa y por ello los memes muestran desde unos jugadores de curling hasta la sobreimpresión de las figuras del cuadro de la Santa Cena de Leonardo. Nadie se escapa y, en la política española, nadie ha dado tanto juego como el Girauta meditabundo sentado en unas sillas, casi el paradigma de la desaparición de su partido.

Edición de Jordi Balló Fantova y Alan Salvadó
Galaxia Gutenberg, 2023
464 páginas. 23,90 euros

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