El suplicio de Pere Sureda

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Hace tiempo que Albert Oliver dejó de imaginar retiradas perfectas porque decidió que no lo iba a dejar nunca, que sería el baloncesto el que le jubilaría a él. “Yo jugaría hasta los 60 si me dejaran, pero es imposible”, cuenta el base de Tarrasa, de 42 años, que el 11 de septiembre se incorporó al Mombus Obradoiro con un contrato temporal de dos meses para prolongar su pasión. “El reto es seguir disfrutando del baloncesto. A mi edad es muy difícil poder hacer lo que me gusta. A ver hasta cuánto dura”, explica en conversación con EL PAÍS desde Santiago, su destino momentáneo tras semanas de desasosiego en las que no sonaba el teléfono. “Al no encontrar equipo después de acabar el contrato con el Betis, pedí permiso para entrenar con el Gran Canaria. Allí me dieron todas las facilidades y continué preparándome hasta que surgió la oportunidad de Obradoiro. Sentí un punto de alivio”, repasa en un relato en el que mezcla anhelo y reivindicación.

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“Si en mi carnet pusiese que tengo 32 años, seguramente, habría encontrado equipo con más facilidad. Hay que preguntar a los que mandan y a los que fichan porque miran tanto el carnet. La edad me marca, lo tengo clarísimo. Soy muy mayor, pero me encanta mi deporte, no me duele nada, disfruto del día a día, y quiero seguir”, lanza Oliver. De momento, carpe diem. El Obradoiro es colíder de la ACB, con tres victorias en tres partidos, y Moncho Fernández cuenta con su experiencia para consolidar al equipo gallego, su octava casa en 24 temporadas en la élite. “Ahora soy mucho mejor jugador que cuando tenía 20 o 30 años, el físico no es el mismo, claro, pero tengo mucho más conocimiento del juego. Veo cosas que otros no ven”, señala antes de revelar su secreto de longevidad: “dormir ocho horas, comer bien y saber adaptarse a todo para sobrevivir”. Hasta la fecha promedia 4 puntos, 1,8 asistencias y 1,8 rebotes en 13 minutos en pista. “Noto el respeto de rivales y compañeros. Me escuchan y, ahora, hasta me dejan pasar el primero para hacerme los PCR”, suelta entre bromas y veras.

Siempre con la constancia como libro de estilo, Oliver debutó en la ACB con el Joventut de Alfred Julbe en la campaña 1997-98 pero, como metáfora de lo que vendría después, la pendiente comenzó a endurecerse pronto en Badalona. El ascenso de Raül López y el regreso de Rafa Jofresa le dejaron sin hueco en la Penya. Ahí comenzó un viaje maratoniano con paradas en Lleida (1999-2001), Manresa (2001-2006), Valencia (2006-2009), Madrid (Estudiantes 2009-2011), de nuevo Badalona (2011-2013), Gran Canaria (2013-2019), Sevilla (Betis 2019-2020) y ahora Santiago, con el Obra, que esta temporada cumple 50 años, solo ocho más que él. “Debuté pronto, pero me costó asentarme en la ACB”, recuerda, con agradecimiento a Ricard Casas, el técnico que le dio carrete y confianza en el Nou Congost. El pabellón donde impartió cátedra Joan Creus, a quien ahora persigue Oliver. El histórico base del TDK colgó la camiseta en abril de 1999, con 42 años y cinco meses. La misma edad que tendrá Albert en los días en los que expira su contrato con el Obradoiro. “Creus es un referente y sería un honor alcanzarle”. Además de Creus, Andre Turner, Larry Lewis y Mike Higgins jugaron en la ACB con 42. La frontera definitiva la marcó en 2011 Darryl Middleton, que vistió la camiseta del Valencia con 44.

Para dimensionar el paso del tiempo, Oliver se acuerda de sus hijos, una niña de 15 años y un niño de 12, los que se rieron cuando les contó que Scariolo le había llamado para ir a la selección con 39 tacos. “La mayoría de mis compañeros están más cerca de las edades de mis hijos que de la mía. Me llevo casi una generación con ellos. A Rafa García, que es el base joven del equipo, le saco 22 años”, dice echando cuentas. Números que dan pie al repaso histórico. “Todo ha cambiado mucho, la sociedad y el juego. Cuando empecé no existía ni el teléfono móvil… El baloncesto de ahora es mucho más físico y tienes que hacer de todo. En mi primera época había muchos jugadores que jugaban 35 minutos por partido. Ahora eso es muy raro. Antes con ser un buen base director y pasar bien la pelota hacías carrera. Laso, por ejemplo, no era un gran anotador, pero su conocimiento del juego era buenísimo”, desarrolla Oliver acordándose del actual entrenador del Madrid, el líder del ranking de asistencias de la ACB en el que el base del Obradoiro es cuarto (a solo tres de las 2.000).

En sus últimos años, Oliver ya ha recibido alguna propuesta para empezar su andadura en los banquillos. “Estoy mirando los cursos de entrenador para cuando acabé”, cuenta. Pero, de momento, ha sido “cabezón” en su idea de seguir vistiendo de corto. “Hace unos años asumí que más que retirarme me retirarán. Me gusta mucho lo que hago y no veo el fin ¿Por qué dejar algo que me apasiona?”, insiste. “Cuando lo deje no habrá vuelta atrás. Esto no es como un entrenador que se toma un año sabático y luego vuelve. Cuando lo deje, todas las sensaciones de jugador se perderán para siempre”, remata consolidando una resistencia que en un mes se pondrá de nuevo a prueba. “Este año ya me ha costado mucho encontrar equipo. He firmado el primer contrato temporal de mi vida y cada vez será más complicado. Pero no quiero pensarlo. La aspiración es descansar bien hoy y entrenar bien mañana. Así he llegado hasta aquí”.


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