
Fue un error llamarlo la nueva normalidad. Porque no existía la antigua normalidad. Pongamos un ejemplo. En los días en que se derribó militarmente al Gobierno de Bolivia y acontecían terribles situaciones por casi toda Latinoamérica, leí una tribuna muy persuasiva en la que se venía a decir que el único modelo para el continente era Chile. Sus datos macroeconómicos lo situaban como ejemplo de gestión. Y sin embargo, a los tres días estalló una revuelta generalizada en Santiago. Tras la fachada había termitas y un destrozo generalizado de la igualdad, con sectores vitales como el sanitario y educativo confiados a la privatización más dura y desalmada. El domingo se aprobó en votación proceder al redactado de una nueva Constitución. Quizá se termine así con un periodo convulso y violento, respondido por fuerzas represoras desmesuradas. En Bolivia, tras una larga pausa, se repitieron elecciones y triunfó el partido que había sido desocupado del Gobierno bajo la amenaza de las fuerzas armadas y una dudosa intervención de instituciones de salvaguarda. Es bien complicado llamar a algo normalidad. Y sin embargo, nos hacíamos ilusiones con eso de atravesar la crisis sanitaria apresuradamente y alcanzar la nueva normalidad.
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