Jerez, ciudad de cine

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Las jacarandas del jerezano paseo de Porvera desembocan en la calle de Lealas y nos conducen, entre olores de bodega, hasta el Palacio del Tiempo. Al entrar oímos un ruido de niños que preguntan a la vez. El señor que amablemente nos acompaña mira hacia el techo: en el piso superior de este blanco palacio neoclásico dos guías hablan con chavales que ya casi no saben lo que es un reloj: “¿Tu mamá no te pone el despertador para que te levantes?”. “Mi mamá me pone el móvil”, responde un espabilado. Me pregunto si a los niños se les siguen regalando relojitos de pulsera cuando hacen la primera comunión y si aún aprenden a leer las manecillas. Me consta que las comuniones aún se celebran, pero sospecho que, con la llegada digital de los Casio y el imperio del smartphone, el reloj —ese pequeño infierno en que la vida se acaba segundo a segundo, grano a grano— intensifica su carácter de fetiche elegiaco, de mundo perdido.

Parece que estamos en un museo arqueológico, una sala de animales en extinción, un pabellón de momias. Todas las piezas marcan las 11.10 porque hemos llegado a las 11.10: a las 12.00 el interior del palacio resonará como una caja de música porque los relojes con sonería darán las campanadas. Me siento como un pájaro al que asustan rasgando las rejas de su jaula. Este es un lugar inquietante donde miro hacia adelante y hacia atrás en un luctuoso ejercicio metafórico.

El arte de contar las horas

Que todos los relojes estén en hora, funcionen y emitan sus músicas es responsabilidad del hombre que nos ha acompañado y ahora se retira. Estamos en una sala con un reloj de cuatro frentes, un reloj farola, con maquinaria al aire, obra del único relojero español del que encontramos una pieza en este museo: José Rodríguez Losada, el artífice del reloj de la madrileña Puerta del Sol. Nos adentramos por la planta baja contemplando el preciosismo de las muestras francesas de esta colección, inaugurada en 1973 con los relojes heredados de la condesa de Gavia y aumentada por Pedro de León. El propietario del palacio, sus jardines y los relojes y bastones que hoy constituyen el museo Palacio del Tiempo no era otro que Emilio Ruiz-Mateos. Con la expropiación de Rumasa, el patrimonio pasó a la Junta de Andalucía y ahora lo gestiona el Ayuntamiento de Jerez.

Los relojes franceses sobresalen por su vocación decorativa. Lo menos importante son los relojes en sí, de maquinaria pequeña. Lo primordial son los grupos escultóricos que los rodean: motivos mitológicos, Ceres y gavillas de delicadas espigas, Apolo, astrónomas que miden con el compás sus bolas del mundo, niños que hacen burbujas, mujeres frente al espejo… Bronce, cristal o porcelana pintada. Tengo la desasosegante sensación de que, cuando dejo de contemplar las figuras, éstas me hacen un guiño, una burla: la del tiempo. Me impresionan los relojes de esfera redonda con pórtico de cristal y los relojes esqueleto, obscenos y mágicos, que exhiben su maquinaria, precisa, laberíntica, como una imagen de Escher a la vez posible e imposible.

Los relojes esqueleto, obscenos y mágicos, exhiben su maquinaria laberíntica como una imagen de Escher

La relojería inglesa, más adusta formalmente, no es menos hermosa: el protagonismo recae en la utilidad del artefacto que mide el tiempo, esfera, sonerías y el número de manecillas que en algunos casos llegan a siete porque estos relojes marcan hora, minuto, día, mes, grado de humedad… Las sobrias cajas del reloj —en mi infancia había un programa de televisión, La casa del reloj, que contenía péndulos y otros misterios— suelen estar fabricadas en caoba o ébano, maderas nobilísimas, resistentes a las infecciones.

Minúscula maquinaria

En el segundo piso descansan las joyas de la corona: desde relojes de bolsillo hasta relojes portátiles, de viaje, entre los que destaca un pequeñísimo reloj turco de minúscu­la maquinaria, pensado para dar la hora, pero cuyo receptáculo adyacente sirve para guardar otras cositas. Secretos. Maulas. Resulta deslumbrante un gran reloj inglés, pesado y voluminoso, y otro con las tres gracias esculpidas en mármol dentro de una cúpula de cristal, detenidas, inmóviles, inaccesibles. Es enigmático y bellísimo un reloj nocturno italiano que tenía la peculiaridad de funcionar, además de como máquina del tiempo, como lámpara, ya que se podía introducir dentro de él una vela encendida que iluminaba su esfera.

En el palacio también se exhibe una colección de bastones. Algunos son estoques. En una de las paredes se abre una ventana hacia el ficticio taller de un relojero que intenta construir una máquina de movimiento perpetuo. Se escuchan voces grabadas y muchos niños salen deprisita: “Da yuyu”. El tiempo, su paso, su pérdida, su medida y velocidad dan mucho yuyu. Si los niños hubiesen visto el habitáculo tal como lo vi yo por primera vez, con interactuantes hologramas fantasmagóricos, el yuyu se les habría agigantado hasta ser un vacío en la tripa, que se acentúa con las melifluas músicas, los sonidos de la osamenta de los relojes, los efluvios sonoros que acompañan el recorrido por el Palacio del Tiempo. Un testimonio de la habilidad del ser humano. Un hermoso espacio para la imaginación.

Marta Sanz es autora de la novela ‘Amor Fou’ (Anagrama).

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