La noche política de Cassius Clay y Malcolm X



Sam Cooke (Mississippi, Estados Unidos, 1931-1964) se pasó su corta vida combatiendo el racismo que sufrían los negros en los años 50 y 60 en Estados Unidos sin sospechar que moriría asesinado precisamente a consecuencia de esos prejuicios.
Nadie interpretó soul de forma tan sensual y sedosa. Ninguna estrella de la música murió de una forma tan extraña. 55 años después, su asesinato sigue estando lleno de contradicciones. Muchas de las teorías que se barajan no dejan en buen lugar al cantante, al tiempo que justifican las acciones de su asesina y de las demás personas envueltas en el caso. En lo que todas coinciden es en que, una noche de diciembre de 1964, Sam Cooke estaba en el Hacienda Motel de Los Ángeles con una mujer a la que acababa de conocer en un bar. En un momento dado, la mujer huyó de la habitación llevándose casi toda la ropa del Cooke. El cantante salió tras de ella semidesnudo con intención de retenerla y, cuando la recepcionista del hotel vio un hombre negro de esa guisa, echó mano de su pistola y lo mató.

Un oficial de la policía retira el cuerpo de Sam Cooke del Hacienda Motel de Los Ángeles. Foto: Getty

Cooke tenía 33 años cuando fue asesinado. Al cantante le había dado tiempo a atesorar éxitos como Only sixteen, Wonderful world, Chain gang, Another saturday night, Bring it on home to me o A change is gonna come y a convertirse en uno de los primeros afroamericanos en tener su propio sello de discos.
Bertha Franklin, la recepcionista del Hacienda Motel, declaró a la policía que el cantante había irrumpido en la recepción semidesnudo y preguntando por la mujer con la que había acudido al establecimiento. Ella le respondió que no sabía de qué le hablaba y, aterrorizada por la vehemencia de Cooke, sacó su pistola y disparó.
Poco después, la policía consiguió localizar a la mujer de la cita de Cooke, Elisa Boyer, que justificó su huida argumentando que el cantante había intentado violarla. Investigaciones posteriores demostraron que Boyer, que se dedicaba a la prostitución y a pequeños hurtos, le había robado dinero a Sam Cooke, razón por la cual había abandonado la habitación a la carrera. A esas dos versiones se sumó una tercera que defendía la existencia de una conspiración criminal urdida para acabar con Cooke y quedarse con los pingües beneficios de sus derechos de autor. Sea como fuere, el jurado dio credibilidad a la versión de Franklin, dictaminó que el homicidio había sido justificado y la recepcionista quedó en libertad.
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