Las heridas aún abiertas de la Segunda Guerra Mundial, en 25 monumentos


En los últimos años, el mundo ha asistido a una considerable ola de protestas contra monumentos que, en muchos casos, han propiciado la retirada ordenada o el derribo caótico de los mismos. Especialmente llamativas han sido las movilizaciones contra estatuas de líderes confederados en Estados Unidos o de colonizadores en muchos países, pero el fenómeno es más amplio. Por supuesto, no faltan en el pasado casos en los que de manera organizada o tumultuosa se quitaron de en medio monumentos. Pero por lo general, reinaba la indiferencia hacia estos símbolos, y los episodios en cuestión estaban vinculados a cambios de régimen o profundos cortes históricos. El fenómeno actual es en cambio novedoso, por características y amplitud. ¿Qué ocurre?

Una interpretación posible de este complejo fenómeno es verlo como un síntoma de un mundo que cambia a gran velocidad. Los valores evolucionan muy rápidamente. Con la aceleración de los ritmos, algunas partículas viejas y nuevas chocan. En estos casos, la indiferencia deja paso a la indignación hacia ciertos símbolos, y la interconexión global propaga estas dinámicas. Los monumentos, pues, se perfilan como un espejo que, además de los valores del tiempo que los erigió, refleja con creciente intensidad aquellos del presente.

La china Ren Lane en su casa de Gucheng, en Shanxi (China). Fue secuestrada con 15 años durante la II Guerra Mundial y obligada a satisfacer las demandas sexuales de las tropas japoneses durante 20 días. KIM KYUNG-HOON (REUTERS)

El historiador británico Keith Lowe reflexiona sobre estas cuestiones en su libro Prisioneros de la historia (Galaxia Gutenberg), un recorrido panorámico sobre la historia de 25 monumentos de distintos países vinculados a la memoria de la Segunda Guerra Mundial. El estudio compone un retrato del papel todavía central de ese acontecimiento catastrófico en el presente de muchas sociedades. Una categoría histórica global, única, de persistente influencia.

Por lo general, los símbolos relacionados con ese periodo se han librado de las olas de recientes protestas con anhelo de derribo o retirada. Pero ello no significa que sean objeto de indiferencia. Al contrario, siguen despertando conmoción, a menudo provocan controversias -tanto internas como internacionales- y se siguen edificando nuevas obras que conmemoran ese tiempo. “Continúan contando algo importante acerca de quiénes somos […] interpelan tanto a nuestros deseos del presente como a nuestros recuerdos del pasado. Responden a una necesidad que no está siendo cubierta por el mundo contemporáneo”, escribe el autor.

En una entrevista por videoconferencia, el historiador desarrolla la idea de la Segunda Guerra Mundial como gran hecho fundacional global del mundo actual. “Es un acontecimiento que ha servido como base para construir un nuevo mundo, nuevas instituciones, una nueva arquitectura”, comenta el autor. Más de 70 años después de su fin, es todavía el pilar central y global que sujeta la construcción de nuestro tiempo, gran parte de las relaciones internacionales, segmentos de las políticas nacionales. El mundo cambia rápido pero eso, de momento, no. Sin embargo, ello no supone que todo permanezca igual.

Esculturas del Salón Conmemorativo de las Víctimas de la Masacre de Nanjing (China). La imagen está tomada el 15 de agosto de 2021.

VCG (VCG via Getty Images)

“Ese acontecimiento fundacional se aleja en el tiempo. Fallecen las personas que lo vivieron o lo sintieron con mucha cercanía. Da la sensación de que ya es tiempo para una nueva era. ¿Pero sobre qué la construimos? No tenemos un pilar alternativo. De momento, preservamos la idea de la Segunda Guerra Mundial como la base para construir básicamente porque no tenemos otra cosa. Pero ya no funciona, porque ya no tiene el mismo impacto emocional que antaño. Ahí es donde se abren las grietas”, dice Lowe. Permanece la arquitectura institucional; siguen algunos reflejos; pero la fuerza emocional y la capacidad de construcción que de ella deriva no son las mismas.

Prisioneros de la historia reparte su investigación en cinco marcos conceptuales: héroes, mártires, monstruos, apocalipsis y renacimiento. Son categorías con un poder inspirador ancestral, ecos mitológicos, que ayudan a prolongar en el tiempo los sentimientos. A veces, el intento de utilizar de forma partidista esos sentimientos a través de monumentos es muy burdo. Algunos de los monumentos construidos recientemente son muy controvertidos, parecen querer aprovechar esa historia para rendimientos en la actualidad, como los dedicados a la Víctimas de la ocupación alemana en Hungría y al Mando de Bombarderos en el Reino Unido.

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Así, el catastrófico acontecimiento bélico que dio pie al emprendimiento de grandes proyectos internacionales –la ONU, las instituciones de Bretton Woods, la UE, entre otros- que buscaron embridar los viejos nacionalismos, es ahora, a veces, utilizado para avivar nacionalismos de nueva generación. Heroísmos o victimización conmemorados sin equilibrio son incubadoras de sentimientos inquietantes.

El libro recorre la historia y el presente de monumentos como el de las Víctimas de la masacre de Nanjing, La madre patria te llama de Volgogrado o el santuario Yasukuni de Tokio. Todos ayudan a una comprensión del tiempo presente. A menudo, el debate alrededor de ellos, señala un mal recurrente de nuestra época: la indisposición a escuchar. “Aquí en el Reino Unido es muy evidente: ya no hay voluntad de escuchar a los demás”, comenta Lowe. “Por lo general, las personas llegan con opiniones preformadas y rechazan debatir. Eso me parece muy inquietante, y se ve a menudo en el debate de los monumentos. ¡Deben quedarse! ¡Hay que derribarlos! Hay muchas opciones intermedias entre el inmovilismo y el derribo. Se pueden yuxtaponer elementos que cuenten lo que falta en los más polémicos; se pueden trasladar en vez de cancelar; se puede ironizar. Es la intolerancia de otros puntos de vista la que lo hace todo tan difícil”.

Monumento a las Víctimas de la Ocupación Alemana, en la plaza de la Libertad de Budapest, Hungría.

Hugh Rooney (Eye Ubiquitous/Universal Images )

La indisposición al diálogo y al compromiso parece marcar muchas sociedades democráticas, pero también la relación entre naciones. Mala posición de partida para buscar un nuevo pilar sobre el que apoyar la construcción de un orden mundial que refleje el nuevo tiempo. La lucha para salvar el planeta se perfila como el objetivo común más lógico para aglutinar voluntades. Las actuales negociaciones reflejan las dificultades para una convergencia significativa. Hace 76 años, la catástrofe alumbró un nuevo orden mundial. Queda por ver si esta vez la humanidad será capaz de forjar otro antes de un nuevo desastre.


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