EL PAÍS

Los intereses deben determinar nuestras relaciones, no al revés

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Los europeos somos muy de relaciones. Y de ahí se deriva gran parte de nuestra confusión política. Mezclamos el concepto de intereses estratégicos con el de relaciones exteriores. Es una de las cosas que Reino Unido y la UE tienen en común. Todo el debate sobre el Brexit, en ambos lados de la discusión, giró en torno a con quién queríamos estar, no en torno a qué queríamos hacer.

Estados Unidos define su interés nacional con independencia de sus relaciones. Es el privilegio de una superpotencia, pero también resulta difícil. En la década anterior, Estados Unidos había desplazado su atención del Atlántico al Pacífico. La guerra de Rusia contra Ucrania ha hecho que Estados Unidos se centre otra vez en Europa. Esto ha llevado a muchos europeos a sacar la conclusión equivocada de que Estados Unidos ha visto su error. Esto subestima gravemente el porqué de la estrategia del Gobierno de Joe Biden.

El problema evidente de plantearse la diplomacia como una relación es que no controlamos a la otra parte. No responde a la pregunta sobre Donald Trump: si el expresidente ganara las elecciones presidenciales del próximo año, ¿en qué quedaría la relación? ¿No es un poco arriesgado hacer que tu estrategia nacional dependa de que alguien no salga elegido?

Una de las causas más profundas por las que la campaña británica a favor de la permanencia en la Unión Europea perdió el referéndum fue la ausencia de una estrategia sostenible para Reino Unido dentro de la organización. Ser el centro financiero de una unión monetaria ajena resultó ser tan absurdo como parece. Lo que se ha comprobado desde entonces es que los partidarios del Brexit tampoco tenían una estrategia.

Veo al menos dos opciones opuestas para el Reino Unido, cada una de las cuales tendría repercusiones diferentes para sus relaciones futuras. La primera opción es una estrategia de reindustrialización. Esto es lo que la administración de Biden intenta hacer con su Ley de Reducción de la Inflación, y lo que pretende el Partido Laborista, aunque con un presupuesto mucho más modesto. No estoy seguro de cómo puede funcionar una estrategia así sin la ventaja de un gran mercado único. Pero si esa fuera la elección de un Gobierno laborista, estoy convencido de que llevaría de nuevo a Reino Unido a echarse en brazos de la UE, o al menos a reincorporarse en algún momento al mercado único de la organización. La industria tradicional y el mercado único van de la mano.

La estrategia alternativa, y en mi opinión mejor, sería centrarse en las tecnologías del siglo XXI basadas en datos. Reino Unido ya aventaja a otros países europeos en la creación de empresas de capital riesgo de alta tecnología. Es el país europeo que más investigación lleva a cabo en el campo de la inteligencia artificial, que es claramente un sector en crecimiento. Reino Unido también está a la cabeza en investigación médica de alta tecnología. Las tecnologías medioambientales ofrecen otro nicho lucrativo en potencia. Y luego hay tecnologías de las que ni siquiera somos del todo conscientes aún.

La presencia de un centro financiero grande y líquido da a Reino Unido una ventaja, como también se la dan las excelentes universidades británicas. Los bienes y servicios de alta tecnología no sufren el problema de los aranceles aduaneros o el de la pérdida de acceso al mercado, específicos del Brexit. Para este tipo de empresas, la libertad de regularse a sí mismas supera las ventajas de un mercado único.

Si esa fuera la estrategia, lo último que querría Reino Unido es forjar una relación más estrecha con la UE y someterse a sus normativas. Durante las negociaciones del Brexit quedó claro que la UE está empeñada en impedir que Reino Unido explote sus ventajas competitivas. En ese caso, a Reino Unido le conviene más no alinearse y tener libertad para elegir su régimen regulador. Pero en ninguno de los dos casos tendría sentido para Reino Unido convertirse en el socio menor de Estados Unidos.

Si acabamos en el escenario de un Reino Unido centrado en la alta tecnología y una UE ludita centrada en la industria, el margen para una profundización de las relaciones será limitado. La relación bilateral ha mejorado solamente porque Rishi Sunak ha hecho un esfuerzo y porque Reino Unido aún no se ha apartado de las normas de la UE. La tristemente famosa cláusula de extinción para acabar de un plumazo con toda la normativa de la UE ha desaparecido. Pero esperen a que Reino Unido empiece a apartarse de algunas normas de la UE de importancia estratégica, como las relativas a la seguridad de los datos, por ejemplo. Si Reino Unido persigue una estrategia de alta tecnología, me cuesta ver cómo podría compatibilizar esto con el régimen regulador de la UE.

El Gobierno de Sunak avanza lentamente en esa dirección. Quizás el primer ministro encarne esa estrategia mejor que cualquier otro político británico de alto rango. Los laboristas también necesitarán una estrategia económica y tendrán que construir sus relaciones exteriores en torno a ella. Lo que no va a ocurrir ni mucho menos es que la UE ofrezca a Keir Starmer un acuerdo mejor.

La Unión Europea también está hecha un lío en lo que concierne a sus intereses y relaciones. Los transatlantistas europeos tampoco tienen respuesta a la pregunta sobre Donald Trump. El modelo económico de la UE, basado en la industria, ya no proporciona las tasas de crecimiento económico necesarias para financiar los Estados de bienestar y generar inversión en el sector público. La UE se ha dormido durante la revolución digital. Es ilusorio pensar que pueda ser el regulador mundial.

La prioridad absoluta de la UE debería ser resistirse a la tentación de retrasar el reloj. Yo empezaría preguntándome por qué la organización se ha quedado rezagada en la carrera de la alta tecnología. Está claro que no es por la falta de investigación. El gran problema que yo veo es la inversión insuficiente por parte del sector privado. Esto, a su vez, se debe a la falta de mercados de capitales profundos. Mi consejo para la UE es que dé prioridad a la unión de los mercados de capitales, aparentemente abandonada, y se vuelva menos hiperactiva. Sin la unión de los mercados de capitales, la agenda medioambiental de la UE no tiene ninguna posibilidad de éxito.

Por tanto, hay que centrarse en lo que se debe hacer primero, que no es lo mismo que lo más importante. Y lo principal: no fijarse en con quién quiere estar uno, sino en lo que uno quiere.


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