¿Nos está matando la tecnología 5G? | Artículo de Raul Benet

Por Raúl Benet

A lo largo de varios meses hemos visto diversas publicaciones que relacionan la nueva tecnología de telecomunicaciones conocida como 5G (telefonía de quinta generación) con afectaciones a la salud de los seres vivos.  En las siguientes líneas revisaré de manera muy sintética lo que se conoce sobre estos impactos, y presentaré algunas conclusiones que pueden resultar inquietantes tanto para quienes se oponen al uso de la tecnología 5G como para quienes la consideran inocua.

La literatura científica de las últimas décadas es rica en referencias relativas a los efectos de la radiación y las ondas electromagnéticas sobre los seres vivos, por lo que tenemos una base bastante sólida de la cual partir para analizar los posibles impactos. 

El espectro electromagnético está presente en todo lo que nos rodea, y antecede a la vida humana y a la vida misma en el planeta tierra. Recibimos radiación del sol y del cosmos de manera continua, todos los aparatos eléctricos que nos rodean emiten radiación, e incluso las plantas, algas y animales tienen la capacidad de emitir ondas del espectro electromagnético. Nuestro sistema nervioso mismo es un ejemplo de flujo de señales electromagnéticas. De tal manera que la radiación en sí misma no es necesariamente dañina ni es algo nuevo.

Sin embargo, dentro del espectro electromagnético existen formas de energía que son muy peligrosas y dañinas para la vida, y particularmente para la vida humana. Es el caso de la radiación ionizante, que tiene el potencial de disociar o separar las partículas que conforman los átomos. ¿De dónde viene la radiación?

Una fuente de emisión ionizante proviene del núcleo atómico. Existen varios procesos mediante los cuales un átomo puede alcanzar o tender hacia un estado estable. La expulsión de protones, la expulsión o absorción de neutrones y la liberación de fotones son diferentes procesos que ocurren en el átomo y pueden conducir a la estabilidad de los átomos. Un caso extremo es el de la expulsión de fotones conocido como radiación gamma, y otros menos extremos son la radiación alfa y la radiación beta. Algunos de estos procesos ocurren de manera ininterrumpida y en cadena, y pueden durar segundos, horas, años o incluso miles de años, y a lo largo de ese tiempo pueden producir efectos devastadores en los seres vivos.  Es el caso de las emisiones radiactivas, producidas por la fisión nuclear de isótopos radiactivos del Uranio, Cesio, Estroncio y otros elementos, liberadas en las explosiones de bombas atómicas o en las plantas nucleares como Fukushima, Chernobil y en menor medida en la planta Laguna Verde. No cabe duda de que ese tipo de radiación es muy dañino para los humanos y para todas las formas de vida. Entonces la radiación puede provenir de procesos dentro del núcleo del átomo, de hecho la radiación que nos viene del sol proviene de la fusión nuclear en ese astro.

Otras formas en las que se produce radiación electromagnética, además de la radioactividad, son aquellas que excitan electrones fuera del núcleo atómico, y producen flujo de éstos en forma de fotones o de electrones excitados. Varias tecnologías a las que estamos acostumbrados producen este tipo de radiación electromagnética mediante el uso de osciladores, bulbos, diodos y transistores que transforman impulsos eléctricos en frecuencias del espectro radioeléctrico. En parte eso es lo que hace el transistor en un transmisor de radio, teléfono celular o de televisión; se genera un haz electromagnético con una frecuencia (pulsaciones u ondas por unidad de tiempo), se amplifica y se lanza mediante una antena. En el caso de FM la emisión se hace con una frecuencia de 85 a 108 Mhz (85 a 108 millones de impulsos por segundo). En el caso de la telefonía 5G las ondas que emite esta tecnología oscilan entre 3 Ghz y 60 Ghz, es decir, tienen una frecuencia unas trescientas veces mayor que la frecuencia con la que se transmite el radio en la banda de frecuencia modulada. Las ondas de 5G tienen una longitud de algunos milímetros.

Para que una radiación tenga la capacidad de romper enlaces atómicos o moleculares y producir iones, es decir, para que la radiación sea IONIZANTE, se requiere que sea de una longitud de onda mucho más pequeña, en el rango de micras, una frecuencia mayor, de cientos o miles de terahertz, y de una energía de radiación alta, como las ondas radioactivas que mencionamos arriba. De hecho, la longitud de onda de las radiaciones ionizantes es millones de veces más pequeña que las ondas de radio y de telefonía celular, mientras que su frecuencia es mucho más alta. 

Existen muchos casos conocidos de radiación que no tiene la energía ni la frecuencia como para romper enlaces atómicos y generar iones, es decir, es radiación no ionizante. Es el caso de un foco para iluminación, ya sea de tipo incandescente o de diodo. Por otro lado existen algunos focos, como los de luz ultravioleta, que sí tienen la capacidad de penetrar más profundamente los tejidos y también de romper enlaces en las biomoléculas, particularmente en los ácidos nucleicos (ADN y ARN) y en proteínas tan importantes como la hemoglobina que conforma la sangre. La tecnología de rayos láser puede emitir longitudes de onda muy pequeñas con gran potencia y de manera muy focalizada, por lo que también tiene la capacidad de penetrar tejido y causar severo daño, principalmente por quemadura pero también al provocar mutaciones y otras modificaciones moleculares. Esta última sí es radiación ionizante.  

La pregunta pertinente en este momento sería: ¿la tecnología 5G emite radiación ionizante, o no ionizante? Y la respuesta es clara: la frecuencia e intensidad de las señales de radio emitidas para la tecnología 5G se encuentra en fracciones del espectro radioeléctrico milimétricas, con frecuencias en torno a los 60 GHz, que no separan las moléculas dentro de los tejidos vivos en iones, y tampoco tienen la capacidad de penetrar en la piel más que unos pocos milímetros, es decir, no son ionizantes. La radiación ionizante comienza a una frecuencia diez millones de veces mayor que la utilizada en 5G.

La tecnología 5G sería en términos generales ligeramente más riesgosa que la tecnología 4G o 3G y que el radio FM, pero millones de veces por debajo del rango ionizante. La pantalla que estás viendo emite en frecuencias muy superiores a la 5G, y por supuesto después de varias décadas de verla continuamente tiene efectos negativos sobre el ojo humano, pero es un efecto que muchos hemos asumido como tolerable. Los hornos de microondas también están por encima de la frecuencia de la 5G, aunque la potencia con la que operan es muy superior, y también hay sospechas de que pueden provocar daños, pero seguramente se han vendido cientos de millones de hornos de microondas a lo largo de los últimos cincuenta años, y la mayoría de la gente parece no tener inconvenientes derivados de su uso. La normatividad bajo la que operan estos aparatos busca evitar emisiones en frecuencias dañinas para la salud. Es a través de estas normas internacionales que se pretende mantener el espectro en niveles seguros. Aunque podemos dudar de la veracidad o de la capacidad de los organismos reguladores, hay protocolos científicos involucrados, que son difíciles de torcer de manera muy significativa.

Varios estudios científicos han sistematizado la información sobre los impactos biológicos potenciales de las ondas milimétricas de 60 GHz, que son las que están involucradas con la tecnología 5G. Maxim Zhadovob y sus colegas (2009) revisaron la literatura científica al respecto y condujeron investigación sobre los impactos de esta frecuencia en los tejidos vivos, y concluyeron que no hay evidencia que muestre que las ondas milimétricas en el rango de 60 GHz  alteren la viabilidad celular, la expresión genética o la conformación de proteínas. A la potencia prevista para la incidencia de la tecnología 5G en el cuerpo humano (1 mW por centímetro cuadrado) tampoco encuentran un incremento en la temperatura del tejido; sólo elevando esta intensidad varios órdenes de magnitud por encima de esta potencia se observa incremento de la temperatura de la epidermis, y con ella se desencadenan algunos procesos celulares relacionados con el incremento en el calor, pero tampoco hay evidencia de que esto provoque un daño significativo en el tejido.

En cuanto al riesgo de que las emisiones no ionizantes estén relacionadas con el desarrollo de cáncer, la Agencia Internacional de Investigación de Cáncer, perteneciente a la Organización Mundial de la Salud,  no incluye a este tipo de emisiones dentro de las substancias o agentes para los que hay evidencia de provocar cáncer. Esta frecuencia no aparece como cancerígena en la clasificación de la AIIC sobre agentes con suficiente ni con limitada evidencia de ser cancerígenos, en donde sí aparecen por ejemplo los rayos gamma, los rayos X, el DDT, el glifosato y hasta ciertos tipos de carne roja y pescado. 

Sin embargo, la misma Agencia para la Investigación del Cáncer publica un extenso reporte sobre la evaluación de los riesgos cancerígenos en el rango de frecuencia radioeléctrica de 60 KHz  de 300 GHz (donde se ubican las frecuencias de 5G, cercanas a los 60 GHz), y si bien en ningún caso se demuestra que esta energía provoque cáncer, tampoco lo descarta por completo. No se puede descartar que que después de varios miles de horas acumuladas de llamadas telefónicas con un aparato inalámbrico o un teléfono celular pegado al oído se pudiera generar alguna forma de cáncer.

Otro de los temas que han generado preocupación respecto al uso de esa tecnología es el llamado estrés oxidativo, que  consiste en que una fracción del oxígeno que entra a las células puede ionizarse formando ‘radicales libres’, aumentando así su capacidad oxidativa y volviéndolo más reactivo, lo cual es un fenómeno normal. Algunas publicaciones han especulado sobre si las frecuencias radioeléctricas tienen el potencial de incrementar el estrés oxidativo a niveles que pudieran resultar dañinos. Je Yi Jeong (2018) y sus colaboradores llevaron a cabo un estudio con animales de laboratorio para evaluar el impacto de la exposición prolongada a radiofrecuencia sobre los niveles de estrés oxidativo, y concluyeron que la exposición prolongada a la radiofrecuencia no cambia los niveles de estrés oxidativo ni muestran alteración en ninguno de los indicadores estudiados.

Entonces podemos considerar que no existen evidencias sólidas de que la 5G produzca cáncer o que pueda interferir con el estrés oxidativo en las células.

En consecuencia considero que los grupos que combaten la 5G con el argumento de que daña el tejido humano y produce cáncer o daño, carecen de un fundamento científico sólido para sostener que ‘las torres 5G’ nos están matando. Sostener una oposición basada en premisas tan poco sustentadas me parece contraproducente.  

Sin embargo, nadie puede descartar de manera absoluta que ocurran cosas imprevistas en escalas no contempladas, como las que de hecho ya han ocurrido con otras tecnologías, como es el caso del impacto de los clorofluorocarbonos en la capa de ozono de la atmósfera o el uso del herbicida conocido como glifosato, que se aplicó alegremente durante medio siglo para acabar siendo incluido por la Organización Mundial de la Salud dentro de la lista de agentes cancerígenos. Por eso es importante mantener un enfoque precautorio, que además de ser una obligación legal es un imperativo ético para el desarrollo de cualquier tecnología.

Pero ¿hasta dónde un enfoque precautorio debiera paralizar o ralentizar el desarrollo tecnológico? La respuesta que se dé a esta pregunta rebasa el ámbito meramente científico. Para una poderosa empresa de telecomunicaciones, telefonía celular y robótica (algunas de las empresas más grandes del mundo están en estos rubros), es claro que el desarrollo tecnológico y el negocio involucrado (del orden de billones de dólares) bien vale el riesgo. Varios de los gobernantes que reciben beneficios directos derivados de la aprobación de estas tecnologías tampoco tendrán duda en responder favoreciendo a tal tecnología. Pero tal vez algunos médicos y los responsables de los sistemas de salud del mundo sí tengan otra respuesta más cauta, y por supuesto las personas que no están interesadas o que no se benefician del el internet de las cosas, los big data, la realidad aumentada, la realidad virtual, latencias menores a un microsegundo y la conducción no tripulada de autos, naves aéreas, misiles y plantas industriales, es decir, la mayor parte de la humanidad, no tenemos por qué correr ese riesgo.

Por otro lado, la pandemia de Covid ha hecho reflexionar a muchas personas sobre la validez del modelo de ‘progreso’ que nos rige. Se ha puesto en entredicho el turismo masivo, la inmensa movilidad de mercancías y personas, la fuerte incapacidad de los gobiernos y las compañías de salud y seguros de proteger a sus ciudadanos, y por otro lado se ha puesto en evidencia que podemos vivir con una fracción de los combustibles fósiles, de los plásticos, de los aparatos y de las mercancías que nos inundan. 

En ese sentido también vale la pena preguntarnos si queremos seguir abonando a un sistema económico y tecnológico que pretende el crecimiento infinito del producto interno bruto, el ‘avance’ infinito de la tecnología, el incremento infinito del turismo cada vez más exigente y depredador, del consumo de pantallas y teclados, de la telefonía celular, de los videojuegos, de la realidad virtual, etc. Es posible que la tecnología 5G no nos esté matando de cáncer, pero ¿Realmente necesitamos cientos de miles de nuevas torres o micro celdas emitiendo paquetes de información de petabytes por cada millonésimo de segundo para controlar juegos, televisiones, drones, teléfonos, robots, ciudades, misiles, etc.? ¿Realmente queremos o necesitamos un sistema de manejo planetario centralizado en unas cuantas compañías de telefonía celular y telecomunicaciones que además manipulan a su antojo nuestros datos personales? ¿Queremos seguir poniendo a la humanidad en las manos de compañías como Cambridge Analytics,  Facebook, Pegasus, Amazon o Telcel? ¿Queremos seguir abonando con nuestro consumo y nuestra aprobación de las nuevas tecnologías a la siniestra guerra comercial y tecnológica entre las grandes potencias?

Es muy claro que la tecnología 5G es una nueva y gigantesca oleada de producción y consumo de mercancías, de extracción mineral, de uso de energía, de transporte transcontinental, de comercialización y consumo de nuevos aparatos de todo tipo, cada vez más sofisticados y sorprendentes, pero a la vez cada vez más distantes de la vida y la naturaleza humana. 5G es la nueva veta en la acumulación de capital, la explotación del planeta y el control de la sociedad. 

La tecnología 5G puede ayudar a recuperar el producto interno bruto de las grandes potencias y a remontar en algunos países la grave depresión que provocará el Covid 19, pero difícilmente ayudará a recobrar los bosques, el agua, el clima del planeta, o a reducir la inmensa brecha de desigualdad que padecemos, por el contrario, contribuirá a acumular cada vez más poder y recursos en unas cuantas corporaciones. Invertir en 5G es desviar recursos que después de la pandemia deberían ser dirigidos a mejores sistemas de salud pública, energías limpias, a la producción de alimentos sanos, y a combatir la pésima alimentación que potencia nuestra vulnerabilidad. 

A favor de la tecnología de las comunicaciones es común encontrar ejemplos como el de que un médico va a poder curar desde Alemania a un paciente en Colombia utilizando un robot manejado a distancia utilizando la maravillosa tecnología 5G, o que mediante esa tecnología se va a entender mejor el clima de la tierra, y es posible que eso ocurra, pero ese tipo de aplicaciones se ve totalmente rebasado por otras que resultan inútiles o dañinas para la humanidad, como las aplicaciones bélicas, o cada vez más y más big data en manos de los gigantes, más pantallas, más gigabytes de videojuegos, más series y porno, más y más gadgets sorprendentes que acaban en los depósitos de basura en un par de años o menos.

Con la 5G y las que vienen, considero que el problema no es en sí mismo la tecnología, sino el modelo de desarrollo que entraña, que nos arrastra cada vez más hacia un sistema planetario insustentable, profundamente desigual y absolutamente depredador de los recursos naturales y la dignidad humana. 5G es colonialismo tecnológico de punta.

Raúl Benet

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Asesor independiente en medio ambiente y territorio. Biólogo por la Facultad de Ciencias UNAM. Asociado del programa LEAD Colegio de México. Estudios de Doctorado en Desarrollo Rural UAM Xochimilco y de Ecología por la UNAM. Fue Coordinador de política pública en el Consejo Civil Mexicano para la Silvicultura Sostenible, Director Ejecutivo de Greenpeace México, Director de Campañas e Incidencia en Oxfam México, Miembro de la delegación política de Oxfam Internacional, Coordinador de la Campaña Global de Acción Climática en América Latina.

*La opinión aquí vertida es responsabilidad de quien firma y no necesariamente representa la postura editorial de Aristegui Noticias.




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