Pablo Carreño, con todas las letras

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Decía Serena Williams hace unos días que, de alguna manera, se siente identificada con Andy Murray, quien se resiste a colgar la raqueta y retornó el curso pasado al circuito después pasar dos veces por el quirófano y rehabilitarse con una cadera de metal. “Soy una gran admiradora, me recuerda a mí”, comentaba la estadounidense, quien también, de alguna forma, ha ido adoptando ese instinto de supervivencia del escocés, todo orgullo, todo resiliencia, para seguir adelante e intentar cerrar el círculo con su 24º grande.“Tengo 38 años y juego con total normalidad. Mi principal enemiga soy yo”, prolongaba en un discurso en el que, como viene siendo habitual, empleó la tercera persona para referirse a sí misma. “Nunca me doy por satisfecha, esa ha sido mi historia y así lo será hasta que me retire. Llevar cada mañana el nombre de Serena a la espalda significa un gran estrés, pero como dijo Billie Jean King, la presión es un privilegio. Soy afortunada de estar en esta posición, de ser Serena”, resolvía.Sin embargo, detrás del escudo dialéctico la norteamericana sabe mejor que nadie que la mecha se agota y sus balas también. Desde que regresó tras estrenar maternidad, en 2017, su recorrido refleja el meritorio logro de haber alcanzado cuatro finales de Grand Slam, pero cayó en todas ellas. Su tenis va perdiendo pegada, su cuerpo resistencia y su nombre capacidad intimidatoria. Serena ya no asusta. Lo saben las demás y le aprietan, como lo hizo Maria Sakkari en el último partido, o antes Christie Ahn, Margarita Kasparyan o Sloane Stephens. Y lo hará este miércoles (18.00, Eurosport), seguro, Tsvetana Pironkova.Siempre ha tratado Williams de competir a pocos golpes, pero en su versión actual economiza más que nunca sus esfuerzos. Se ha sostenido en el torneo gracias al servicio —lidera los aces (44) y la velocidad (199 km/h)— y gravita sobre una parcela de dos metros cuadrados, de modo que cuando las rivales la sacan de su zona de confort sufre un mundo. 11 de sus 20 compromisos de esta campaña los ha dirimido a tres sets. Tropezó dos veces en la antesala del US Open, tanto en Lexington como en Cincinnati, y si resiste es porque es toda una superclase que pese a las circunstancias sigue haciéndole muescas a la historia.Doble embolia, priorizar la saludCon 105, ya supera a Chris Evert como la tenista con más triunfos en Nueva York, y ante su Sakkari firmó su victoria 100 en la Arthur Ashe. “Soy muy apasionada. Este es mi trabajo, aquello por lo que me levanto y entreno 365 días al año. Seguiré teniendo ese fuego y llevando a esa Serena a la pista”, contesta cuando se le pregunta por esos arranques de rabia tan expresivos, tan suyos. Y no rabia, pero sí ni pizca de gracia, le hace el protocolo que anunció Roland Garros hace dos días. El grande francés (del 28 de septiembre al 11 de octubre) aceptará finalmente aficionados, aunque la mitad de los que pretendía, y obligará a los participantes, sin excepción, a recluirse en dos hoteles únicamente.El mismo escenario que en la burbuja del US Open, en realidad, con la salvedad de que el torneo estadounidense concedió a los jugadores la posibilidad de hospedarse en una serie de alojamientos privados, a precio de oro. Se agarró a ello Novak Djokovic, y por supuesto ella. “Controlo mucho todo lo que hago ahora. Llevo 50 mascarillas cuando me muevo…”, contó a principios de agosto. “Yo esperaba quedarme en mi apartamento de París”, lamentó el lunes Williams, que en 2011 sufrió una embolia pulmonar que se repitió hace tres años cuando dio a luz. Entonces, dijo en el escrito que comunicó a través de la CNN, estuvo muy cerca de la muerte.“Siento que los franceses están haciéndolo lo mejor que pueden”, continuó, “pero yo no puedo decirles qué hacer porque no dirijo el torneo. Si hay aficionados, entonces deberíamos poder quedarnos en otro lugar. Interesante: no hay viviendas privadas, pero sí hay fans…”, cuestionó.”Yo soy superconservadora porque tengo algunos problemas de salud graves, así que trato de mantenerme alejada de los lugares públicos. He estado alguna vez en una situación muy mala, en el hospital, y no quiero tener que volver a pasar por eso. Voy día a día. Trato de mantener una distancia social de cuatro metros, en lugar de dos”, apostilló, dejando muy claro acto seguido que priorizará su salud.Es decir, Serena se aleja de Roland Garros. Pero no es la única. La número uno, la australiana Ashleigh Barty, confirmó el lunes que no participará en la cita del Bois de Boulogne porque no quiere desplazarse ni correr ningún tipo de riesgo. De esta forma, Nueva York adquiere una dimensión todavía más capital para Williams, a solo tres partidos de la gloria. Tan cerca, tan lejos.


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