Putin frente a Berlinguer

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El joven Vladímir Putin estudiaba en 1976 en la escuela del KGB. Acababa de ingresar en el Partido Comunista de la Unión Soviética, en el que militó hasta su disolución. Es casi seguro que ni siquiera se enteró del terremoto que produjeron aquel año unas declaraciones de Enrico Berlinguer, el secretario general del mayor partido comunista de Europa occidental, al gran diario de la burguesía milanesa, Il Corriere della Sera.

El partido de Putin detentaba el poder absoluto sobre el imperio ruso desde 1917, mientras que el PCI de Berlinguer, siempre en la oposición e incluso en la clandestinidad y la resistencia, pretendía conseguir un compromiso histórico con la Democracia Cristiana para gobernar en coalición y romper así el hielo occidental de la Guerra Fría. Una frase de sus declaraciones produjo enorme estupor, especialmente en Moscú. “Quiero que Italia no abandone el Pacto Atlántico, me siento seguro estando de este lado”. El eurocomunismo entonces naciente rechazaba cualquier subordinación a Moscú y reivindicaba el incipiente Mercado Común y la OTAN, es decir, la construcción europea y la garantía de seguridad trasatlántica que situaba a Italia bajo el paraguas nuclear de Estados Unidos.

La historia del KGB y de sus antecedentes constituye uno de los capítulos más sangrientos de la historia universal del crimen político. Se sabe poco sobre la hoja de méritos de Putin en la vieja especialidad de la casa, pero la trayectoria del organismo sucesor, el FSB (Servicio Federal de Seguridad), no permite albergar muchas dudas, especialmente en la larga época desde 2000 hasta ahora mismo en que Putin ha ejercido de presidente o primer ministro. Tampoco se sabe mucho sobre las actividades de desestabilización del KGB en su última etapa, aunque la sombra de una intensa sospecha se extiende sobre el terrorismo en toda Europa, desde la Fracción del Ejército Rojo alemana hasta las Brigadas Rojas italianas. Fue precisamente el secuestro y posterior asesinato por los brigadistas italianos del secretario general de la Democracia Cristiana, Aldo Moro, en 1978, el que consiguió evitar que culminara el proyecto de Berlinguer con la entrada por primera vez de ministros comunistas en un gobierno de la OTAN en plena Guerra Fría.

Ha pasado casi medio siglo. La última esperanza de un comunismo democrático murió con Berlinguer en 1984. Pero sus tres ideas, dejar a Moscú sin derecho de veto, participar plenamente en la construcción europea y acogerse al paraguas defensivo del Pacto Atlántico, tienen plena vigencia en los confines europeos del imperio ruso y tuvieron ayer un eco en Bruselas, en las contundentes palabras del secretario general de la Alianza, Jens Stoltenberg, ante las exigencias de Putin para desistir de la amenaza militar que está esgrimiendo sobre Ucrania. La OTAN dejaría de tener sentido y equivaldría a la entrega a Rusia del derecho a veto y de la hegemonía sobre Europa.

El zar que ha emitido el ucase, naturalmente, interpreta la resistencia a sus pretensiones como una ofensa y una amenaza.

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