¿Qué estrategia hay detrás de Libra, la criptomoneda de Facebook?



¿Cómo deberíamos interpretar la repentina irrupción de Facebook en el mundo del dinero digital? Ahora que los reguladores empezaban a salir de su coma autoinducido para descubrir que ha crecido demasiado rápido y se ha vuelto demasiado grande, la empresa ha decidido redoblar su inquebrantable compromiso con su lema: “Move Fast. Break Things” (Muévete rápido. Rompe cosas).

Aquel tiempo en el que Facebook solo rompía las normas de privacidad y los procesos electorales ya es cosa del pasado, y, sin duda, lo echaremos de menos. Pero aquello no puede compararse con la posibilidad de romper —de una vez por todas— el sistema financiero mundial.
Con ese fin, Facebook presentó el pasado martes Libra, una criptomoneda, una infraestructura, una red; una ambigua entidad digital lo bastante amplia como para serlo todo para todo el mundo y, además, con la noble apariencia que le otorga su dominio “.org”. Es la última paradoja de Schrödinger de la economía digital: un blockchain [red de servidores independientes, que certifican transacciones] que también puede no serlo, que a su vez servirá como dinero… o no, con el fin de salvar o de enterrar a Facebook… o a todos nosotros.
No han trascendido muchos detalles de cómo funcionará exactamente, pero se puede discernir su objetivo. Libra permitirá a los usuarios —especialmente a aquellos desafortunados que no disponen de una cuenta bancaria pero sí tienen la suerte de tener una cuenta de Facebook— convertir dinero real en Libras, ingresar estas virtualmente, transferirlas o simplemente usarlas para pagar servicios.
Facebook no quiere que haya dudas sobre su humanitarismo comercial: Libra está aquí para ayudar a la banca mundial, no para arrebatarle los activos que le quedan. Así, por cada Uber y Mastercard que se ha asociado a Libra (las empresas han tenido cada una que desembolsar la pequeña suma de 10 millones de dólares, así que la época de las cosas gratis en Internet se acabó) hay una fundación u ONG, como Mercy Corps y Women’s World Banking, que le dan al capitalismo financiero y digital un rostro humano, incluso una carita sonriente. Sin estas ONG, la Asociación Libra parecería más bien un sindicato del crimen que impulsa la innovación (basta con fijarse en el número total de procesos judiciales recientes en los que están inmersos Uber, Mastercard y Facebook).
Es tentador malinterpretar la irrupción de Facebook en el mundo financiero y entender este movimiento como una prueba más de su desfachatez y arrogante cortedad de miras. ¿Es Libra simplemente una manera astuta de escupirle en la cara a los indignados reguladores?
Aunque no lo parezca a primera vista, Facebook está siguiendo una estrategia arriesgada pero racional con una doble vertiente. Por un lado, la compañía necesita desesperadamente diversificar su negocio más allá de la publicidad. Por otro, quiere anticiparse todo lo que pueda a las duras medidas regulatorias que es muy probable que afloren a finales de año, cuando la campaña presidencial estadounidense esté en pleno apogeo.
La parte de la diversificación está clara: los competidores chinos de Facebook han demostrado que pagos y comunicaciones van de la mano y su combinación produce una mezcla muy rentable. Además, las personas sin acceso a una cuenta bancaria no estarán así siempre; y hoy lo más probable es que ese acceso se lo proporcionen los gigantes tecnológicos chinos, a medida que Pekín amplía los elementos digitales de su estrategia global de la nueva Ruta de la Seda. Sin unos servicios de pago consolidados, Facebook no podrá enfrentarse a Tencent o a Alibaba en los mercados extranjeros.
Además, al competir directamente con sus rivales chinos, Facebook puede ganarse el favor de Trump: un Facebook que intenta debilitar agresivamente la expansión mundial de las empresas chinas es un activo estratégico más importante para Washington que el Facebook pacífico de antaño. Por ahora, la intensificación de una guerra fría tecnológica es una buena noticia para Facebook, porque una retórica (y unas prácticas) tan airadas podrían paralizar los esfuerzos de Washington por desmembrar la compañía.
Hay más razones que explican los movimientos de Facebook. Mientras se preparan para lidiar con la discusión pública sobre su futuro, parece que la compañía parece que se ha percatado de que su mejor arma es utilizar el mismo tipo de populismo que ha permitido a otros gigantes de Silicon Valley —especialmente, Uber y Airbnb— movilizar a sus usuarios en sus campañas antirregulación. Al posicionar su empresa como una fuerza rebelde frente a burócratas mediocres y aletargadas compañías establecidas, los estrategas de Facebook tratan de convencer al público de que su organización, la fuerza emancipadora de la disrupción universal, es víctima de una conspiración mundial de políticos clientelistas y competidores vagos. Teniendo en cuenta la animosidad del público hacia los bancos y sus reguladores, estos argumentos pueden funcionar.
Con el lanzamiento de Libra, puede que Facebook esté reconociendo, aunque sea sutilmente, que su modelo de negocio va a cambiar. Sorprendentemente, ya ha aceptado discretamente la idea —en otro tiempo, un anatema en las grandes tecnológicas— de que los datos de los usuarios son un producto que tiene un precio. Ya ha lanzado una aplicación que paga a los usuarios por recabar datos sobre cómo interactúan con los servicios y las aplicaciones de la competencia. ¿Pero qué pasa con el valor de los datos que generan los usuarios en Facebook?
La apuesta a largo plazo de Facebook podría ser que una economía digital en la que los datos y los servicios digitales sean considerados como productos, puede ser tan rentable como una economía en la que la publicidad marque que los datos no sean tratados como mercancía. Con el nuevo modelo, Facebook tendría que pagar algo a sus usuarios por sus datos pero, a cambio, también podría cobrarles por sus servicios. Mientras todas esas transacciones puedan realizarse en una moneda bajo su control —y si Facebook consigue convencer a los usuarios de que sus datos, por sí solos, tienen mucho menos valor que los servicios que presta—, no sería un desenlace tan malo. De hecho, esto suena mejor que acabar troceando la empresa por la normativa antimonopolio.
Si Facebook está preparada para dar ese giro aparentemente radical hacia los pagos y las suscripciones, dejaría sin argumentos a muchos de sus detractores, que insisten en que hay que temer a esta compañía porque depende demasiado de la publicidad. Un Facebook diferente, abanderado de las criptomonedas, ¿no representaría una amenaza?
Lo cierto es que Facebook, junto con Amazon, Alphabet y otras empresas más, plantean un problema que es en esencia diferente a los de otras industrias. Mientras sigan comerciando con datos —y mientras los datos sigan siendo vitales para la democracia y la economía—, estas empresas ejercerán una influencia desproporcionada e indebida sobre decisiones que deberían tomarse en los Parlamentos, y no en los mercados. El que la ejerzan recabando nuestros datos, y mostrándonos anuncios o comprando nuestra información, y vendiéndonos sus servicios, es lo de menos. Un modelo de negocio, no importa cuán rentable sea, nunca es un cimiento estable para una democracia sólida. Para eso están las constituciones.
Evgeny Morozov es doctor por la Universidad de Harvard y especialista en temas tecnológicos.


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