Un chico malo con cara de niño bueno

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Durante la noche de Nueva York, los demonios deciden darse una vuelta por Flushing Meadows. Se asoman primero a la central, donde Novak Djokovic está caliente y estalla cuando un par de aficionados burlones vociferan mientras disputa un punto. “Shut the fuck uuuuuup! (¡Callaos la p… boca!), expulsa el número uno antes de batir a Denis Kudla (6-3, 6-4 y 6-2) sin resentirse de su dolencia en el hombro izquierdo que le hizo temer lo peor en la ronda previa y citarse así con su amigo Stan Wawrinka.

Durante el calentamiento previo en las pistas exteriores, Nole se ha encarado con un aficionado que le pincha una y otra vez, insinuando que finge y que el serbio no sufre lesión alguna. “Te voy a encontrar, créeme, te voy a encontrar…”, le dice al sujeto, resguardado detrás de una valla protectora.
De la Arthur Ashe, los diablillos deciden trasladarse a la pista Louis Armstrong, donde Daniil Medvedev, un joven ruso con cara de niño bueno y raya a un lado, enciende a la grada durante el partido contra Feliciano López. Primero desprecia a un recogepelotas, tirando la toalla de mala manera cuando se la entrega el chico, y después dedica una peineta a los aficionados, posicionados claramente a favor de su rival. Luego abrocha la victoria (7-6, 4-6, 7-6 y 6-4) y obtiene el pase a los octavos, aunque antes dedica un mensaje retador a los asistentes, que le han abucheado toda la noche.
“Gracias, porque vuestra energía me ha dado la victoria. De no ser por vosotros no hubiera ganado, porque estaba muy cansado. Quiero que lo sepáis: cuando os vayáis a dormir, pensad que he ganado gracias a vosotros. Cuanto más hagáis esto, más tiempo más ganaré”.
Cincinnati y el número cinco
Es Medvedev, un tenista de 23 años con un porvenir estupendo, que este verano triunfó en el Masters 1000 de Cincinnati y compite estos días como número cinco del mundo. De tenis heterodoxo, en cuanto a su particular manera de golpear la pelota, va haciéndose un hueco en las cotas altas del circuito –“sé que puedo ganarle a cualquiera”– y este año ha batido dos veces a Djokovic. Suma cinco títulos de la ATP (Sydney, Winston Salem, Sofía y el citado de Cincinnati) y ha eclipsado este verano a otros integrantes de la nueva generación que no terminan de dar el paso al frente. Es, de hecho, el jugador que más victorias (47) acumula esta temporada, por delante de Rafael Nadal (43).
Es Medvedev, la irrupción de rostro shakespeariano que despista y engaña, porque su corta carrera ya está manchada de feas sombras. A este último episodio en Nueva York hay que añadirle varios capítulos que dejan mucho que desear. En 2016, cuando era el 250 de la ATP, fue expulsado de un challenger estadounidense por cuestionar la imparcialidad de la árbitra al sugerir que esta beneficiaba a su rival, Donald Young, por el mero hecho de ser también negra. “Sé que sois amigos, lo sé, estoy seguro…”. Un año después recibió una multa de 13.000 euros en Wimbledon por lanzar monedas al juez de silla tras perder contra Ruben Bemelmans.
De los brillos a la bronca
El curso pasado montó bronca durante un partido con Stefanos Tsitsipas en Miami –“¡mírame a los ojos, vamos, mírame! ¡Eres un niño pequeño que no sabe pelear!”– y esta temporada tuvo que pagar 5.000 euros por los constantes raquetazos a la hierba del All England Tennis Club y negarse a darle la mano al árbitro después de caer contra David Goffin. No ha superado, de momento, la barrera de los octavos en un Grand Slam, pero Medvedev (de 1,98) ya ha destapado las dos caras: la promesa y el bad boy.
“Fue duro, el calor del momento…”, intentaba maquillar ante los periodistas, aunque sin recular pese a que se avecinaba un castigo económico que se confirmó el día después: otros 8.000 euros. “Empecé a perder impulso, así que fue difícil. Realmente no lo recuerdo… La grada estaba eléctrica y había mala energía, y yo debía convertirla en positiva”, continuaba. “He hablado con Feliciano en la red y con su entrenador en el vestuario para decirles que no tiene nada que ver con ellos, y lo entienden”.
Cuestionado sobre el ambiente que espera encontrar ante el alemán Dominik Koepfer, sorprendente octavofinalista: “No lo sé. Yo hago mi trabajo y espera seguir mejorando”.
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