Una de las mujeres que denuncia a Plácido Domingo: “¿Cómo le dices que no a Dios?”

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“¿Cómo le dices que no a Dios?”. Esta frase, pronunciada por una de las nueve mujeres que acusan a Plácido Domingo de acoso sexual, condensa el desequilibrio que existía entre unas jóvenes artistas que empezaban sus carreras y el tenor español, cuando, supuestamente, las presionó para mantener relaciones sexuales a cambio de trabajos. Los hechos relatados por las víctimas, ocho cantantes y una bailarina, han sido publicados este martes por la agencia Associated Press. Se remontan a principios de los años ochenta y se extienden durante tres décadas. Solo la mezzosoprano Patricia Wulf ha consentido ser identificada. Estos son algunos de sus testimonios:
1. “Me rendí y me acosté con él. Me quedé sin excusas”
Una de las cantantes que ha pedido permanecer en el anonimato cuenta que tenía 23 años y formaba parte del coro de la Ópera de Los Ángeles, donde Domingo era consultor artístico, cuando lo conoció, en 1988. Durante un ensayo de Los cuentos de Hoffmann, la mezzosoprano fue elegida para besar al tenor en una escena que representaba una orgía. Tras un beso, tuvo que limpiarse la saliva del español de la cara, mientras este le susurraba “ojalá no estuviéramos en el escenario”.
Después de ese episodio, Domingo comenzó a telefonearla a su casa con frecuencia, pese a que ella no le había dado su número. Le decía que era una cantante con talento y un futuro prometedor y que quería ayudarla. Al principio, se sintió “halagada, anonadada y entusiasmada”. Pero se convirtió en algo intimidante. El tenor le pedía que fuera a su apartamento con la excusa de escuchar lo que podía hacer en un casting, la cogía por la cintura cuando se cruzaban entre bambalinas, la besaba en la mejilla muy cerca de la boca o entraba en su camerino sin avisar.
La cantante sufrió esta situación durante tres años, durante los cuales, para no ofender a Domingo y arriesgarse a perder trabajos, trataba de evitar quedarse con él a solas. Incluso se tenía que preparar mentalmente cuando él volvía a Los Ángeles de un viaje. “¿Seré está vez su objetivo o no? ¿Cómo me voy a librar?”, se preguntaba cada vez.
Según cuenta, una noche, accedió a quedar con él a las once, pero sufrió un ataque de pánico y dejó de responder al teléfono. El tenor llenó su contestador, llamando hasta las tres y media de la madrugada. No denunció la situación porque entonces “simplemente no se hacía” y temía que cualquier paso en falso acabara con su carrera. Un trabajador de la ópera recuerda que “todos eran conscientes” de que Domingo la perseguía “de un modo que ella no quería”.
Finalmente, en 1991, “me rendí y me acosté con él. Me quedé sin excusas. Era como, “está bien, supongo que esto es lo que tengo que hacer”, cuenta. La cantante dice que mantuvo relaciones sexuales con Domingo dos veces, una de ellas en el hotel Biltmore de Los Ángeles y otra en el apartamento del tenor. Domingo, afirma, le mencionó una “superstición según la cual tenía que acostarse con una mujer antes de un espectáculo” para relajarse. “Cantaré mejor y será gracias a ti”, le dijo antes de dejarle 10 dólares en la cómoda del hotel para pagar el aparcamiento. Después del segundo encuentro, la mezzosoprano cortó el contacto físico con Domingo y está convencida de que esto fue la causa de que no prosperara su carrera en la Ópera de Los Ángeles.
2. “¿Cómo le dices que no a Dios?”
Otra de las mujeres que acusan a Domingo de acoso tenía 27 años en 1998, cuando se acababa de anunciar que el tenor se convertiría en director artístico de la Ópera de Los Ángeles. Tras conocerla en un ensayo, comenzó a llamarla a su casa. “Me decía: ‘Te voy a hablar como el futuro director artístico de la compañía” y mencionaba posibles papeles para ella. “Entonces bajaba la voz y decía: ‘ahora te voy a hablar como Plácido” y le pedía que quedaran para tomar una copa, ver una película o en su apartamento para que él le hiciera el desayuno.
Durante una de las frecuentes visitas sin avisar a su camerino, la cantante cuenta cómo el tenor se inclinó para besarla en la cara y apoyó una mano en un lado de su pecho.

Desde el principio, la joven sintió pánico y se vio atrapada. “Estaba totalmente intimidada y sentía que decirle que no sería como decirle que no a Dios. ¿Cómo le dices que no a Dios?”, describe. Comenzó a dejar de contestar el teléfono y en persona le daba excusas. Cuando le dijo que estaba casada, Domingo respondió “es una vergüenza que tu marido no entienda sobre tu carrera”.
Después de una actuación, el tenor la llamó y le dijo que tenía champán y que podía recogerla para celebrarlo. En ese momento, cuenta, tuvo “una sensación de fatalidad inminente”, de que “no iba a tener una carrera en la ópera si no cedía”. Así que accedió. En su apartamento, la desnudó, la besó y se acariciaron. El tenor continuó persiguiéndola durante las siguientes semanas. “Me sentía como una presa. Como que estaba siendo cazada por él”, asegura. Finalmente, la cantante le dijo que tenía que parar y le recordó que estaba casada.
La experiencia minó su confianza. “Sentía vergüenza y me preguntaba quién lo sabía y si pensaban que era la razón por la que conseguí una oportunidad en un papel”, cuenta. “Empecé a dudar de mi propio talento y habilidades”. También, según recuerda una colega, perdió mucho peso y tuvo problemas nerviosos. “Se volvió cada vez más pequeña como persona”, dice esta amiga.
Una vez que Domingo tomó el control de las decisiones de casting de la Ópera de Los Ángeles, no la volvió a contratar. Ahora, con 49 años y retirada, aún lucha con la sensación de que se traicionó a sí misma al ceder ante el tenor, cuando “debería haber desencadenado el infierno”.

Patricia Wulf muestra una foto de 1998 en la que aparece con su hija y con Plácido Domingo, en la Ópera de Washington. Jacquelyn Martin AP

3. “¿Te tienes que ir a casa esta noche?”
La mezzosoprano Patricia Wulf, la única que ha roto el anonimato para denunciar a Domingo, relata cómo cada noche el tenor le susurraba la misma pregunta. “Cada vez que me bajaba del escenario, me estaba esperando. Se acercaba tanto como podía, ponía su cara frente a la mía, bajaba la voz y me decía ‘Patricia, ¿te tienes que ir a casa esta noche?”. Al principio, ella respondía con una risa nerviosa, pero ante su insistencia, le empezó a contestar que sí, que se tenía que ir a casa, y se marchaba.
Era 1998 y la carrera de Wulf estaba despegando en la Ópera de Washington, donde Domingo era director artístico. Tenía 40 años y había sido contratada para dos papeles como solista, uno en La flauta mágica y otro en Fedora. Pero la experiencia de trabajar con el tenor se convirtió en una pesadilla que no sabía manejar, cuenta Wulf, ahora con 61 años.
“Tienes que entender que cuando un hombre tan poderoso —era casi como Dios en mi negocio— se acerca y dice eso, lo primero que pasa por tu mente es ‘¡¿Qué?!’. Pero tan pronto como te marchas, piensas ‘¿acabo de arruinar mi carrera?”. La persecución llegó a un punto en el que cuando se bajaba del escenario, se escurría detrás de una columna para evitarlo. Domingo también llamaba con frecuencia a la puerta de su camerino sin haber sido invitado y Wulf incluso temía salir si él estaba en el pasillo. “Abría una rendija para ver si estaba ahí. Si estaba, esperaba”.
Un colega de Wulf se ofreció a respaldarla si quería denunciar la situación. “No le despedirán a él, me despedirán a mí”, le contestó la mezzosoprano. Aunque no llegó a tocarla, Wulf asegura que no había dudas sobre las intenciones de Domingo. “Afectó a mi forma de tratar a los hombres durante el resto de mi carrera y de mi vida”, afirma. Wulf ha accedido a hablar públicamente porque cree que el silencio sobre “el secreto bien conocido” del comportamiento de Domingo ha durado demasiado. “Estoy dando un paso adelante porque espero que pueda ayudar a otras mujeres a denunciar o a que sean lo suficientemente fuertes como para decir no”.
4. “Me quedé helada de terror”
Otra cantante que trabajó en Los Ángeles a mediados de los 2000 cuenta que ya conocía la reputación de Domingo cuando este tomó un interés extremo en su carrera. “Al principio no tenía miedo, pensaba que podía manejarlo”, dice. El tenor, según explica, era insistente pero no físicamente agresivo.
Ella se aseguraba siempre de tener una excusa para irse a casa al acabar el trabajo. Pero una noche después de un ensayo, Domingo la cogió con la guardia baja y le pidió que lo acercara en coche a su casa. “Toda la premisa era ridícula. ¿Por qué no iba a tener Plácido Domingo un transporte a su casa? ¿Pero qué podía hacer?”, dice. A mitad de camino, le puso la mano en la pierna y cuando llegaron a una entrada lateral le dijo que parara a un lado. “Se inclinó e intentó besarme”, recuerda la cantante.
Semanas después, Domingo se acercó a ella una noche en la que sabía que estaría hasta tarde. “He estado intentando coincidir contigo durante semanas para trabajar en esta aria. Quiero escucharte en este papel. ¿Puedes venir a mi apartamento para ensayarla?”, le dijo. Según la cantante, esta vez su tono era impaciente. “Parecía como si hubiera invertido tanto tiempo en esta persecución que estaba enfadado conmigo”, describe. “Sentía que había alargado esto y le había evitado durante seis semanas, pero él era Plácido Domingo y era mi jefe y me estaba ofreciendo trabajar conmigo en un papel”.
Así que fue a su apartamento, donde efectivamente, ensayaron el aria al piano. “Me preparó y me hizo muchos elogios”, pero cuando terminaron, “se levantó, metió la mano debajo de mi falda y entonces fue cuando tuve que salir de ahí”, recuerda. La cantante relata cómo Domingo la siguió al pasillo y le rogó que se quedara. Señalando hacia abajo, le dijo que “le quedaban dos horas”, lo que la cantante interpretó como una referencia a algún medicamento para aumentar el rendimiento sexual.
Ya en su coche, la mujer permaneció sentada, conmocionada durante “un largo rato hasta que sintió que podía conducir”. “Estaba aterrorizada de volver al trabajo”, asegura. “Estuve helada de terror durante todo el contrato”. Desde entonces ha cantado en la Ópera Metropolitana de Nueva York y en la Ópera de San Francisco, entre otras, pero no ha vuelto a ser contratada en Los Ángeles ni para trabajar con Domingo. “He sido dura conmigo misma durante un tiempo”, afirma. Pero “tener una sesión de preparación con alguien que se ofrece a prepararte no es consentir en tener sexo”.
5. “Temí que no me volvieran a contratar más”
“Mi historia es excepcionalmente común”, asegura la bailarina que ha relatado a AP el supuesto acoso sexual de Plácido Domingo. La joven, que trabajó con el tenor en varias ciudades, dice que Domingo la llamaba a su casa de forma discontinua durante cerca de una década en los noventa. Dejaba mensajes descarados que ella escuchaba atónita con su marido.
El tenor le pedía que se encontrara con él, incluso en la habitación de su hotel, pero ella solo accedió a mantener comidas de trabajo, en las que Domingo tocaba su rodilla, cogía su mano o la besaba en la mejilla de una forma que le hacía sentir incómoda. “¿Entiende el riesgo en el que me está poniendo, que podría arruinar mi matrimonio, mi carrera?”, recuerda que comentaba con su marido.
“Cuando trabajas con el hombre más poderoso en la ópera, intentas cooperar”, explica. Un día, en la Ópera de Washington, quedaron para comer en el hotel del tenor para hablar de trabajo. Tras el almuerzo, dijo que necesitaba subir a su cuarto antes de volver a la sala de ensayos. Me llevó con él, aparentemente cogió sus cosas y me invitó a entrar. Entonces empezó a abrazarme y besarme”. La bailarina lo apartó e insistió en que debía volver a los ensayos.
“Cuando quedó claro que no iba a acostarme con él, me acompañó al ascensor y volvió a su habitación. Cuando se abrió la puerta del ascensor, me derrumbé en el suelo, estaba sudando abundantemente”, describe.
Después del incidente, su carrera se complicó. “Hubo años en los que temí que no me volvieran a contratar más”, aunque tras varios años, volvió a caerle en gracia. Quizás por ello, dice que tiene sentimientos contradictorios hacia el tenor. Pese a ello, no duda: “Lo que hizo está mal. Usó su poder, acosó a mujeres, las puso en posiciones de vulnerabilidad. Hay gente que ha salido del negocio y ha sido borrada por no haberse sometido a él”.
 
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