Una escoba o un cepillo pueden ser un gran regalo, y esta tienda de Oporto lo demuestra

by

in

A los amantes de las ciudades nos ha venido a importunar un dispositivo de limpieza urbana que llegó hace un tiempo a reemplazar a las escobas: se trata del soplador de hojas a gasoil, que expande polvo hasta alturas impensables, aniquila colonias de insectos minúsculos y carga el aire de aún más gases de combustión. Como si todas sus maldades ecológicas fueran pocas, agrega al ruido constante del tráfico otro estruendo sostenido en primer plano. Por eso, quienes nos hemos convertido en alérgicos enemigos del soplador a motor detectamos una escoba de las de antes a kilómetros, y rendimos pleitesía a su desordenada melena de sorgo o de mijo. Añoramos el sonido de sus roces (dicen que esas pajas naturales soportan mejor la dureza del asfalto o de los adoquines) y cuando las descubrimos sobreviviendo en las aceras de una ciudad intuimos que en ese ayuntamiento sí hay responsables a los que les concierne la salud y el medio ambiente. Pues, quien camine por Oporto una mañana, temprano, verá que allí todavía hay limpiadores municipales que barren las calles con grandes escobas hechas de mantos de brezo, las cuales conviven con otras tecnologías, claro.

En este recorrido las escobas y Oporto comparten protagonismo. Porque caminar por esta ciudad atlántica, singular y orgullosa es descubrir tesoros, y no todos son bodegas de uno de los vinos más ricos del mundo. Así, al subir una cuesta céntrica desde la maravillosa ribera del Duero, tras girar por la calle Belomonte, si estamos atentos, en el número 34 daremos con una puertita angosta que deja adivinar una tienda estrecha que, sin embargo, tiene al fondo un taller que le da profundidad de campo, en el tiempo y en el espacio… priman allí la madera y los colores cálidos, beiges y amarillos, y del techo cuelgan muchas escobas. No podemos resistirnos a entrar en la Escovaria de Belomonte.

La belleza recia de una escoba antigua nos impulsa a asomarnos a la tienda, pero las escobas llevan a los cepillos, sus sofisticados hermanos menores, alineados en una vitrina. Son estos los que terminan invitando al huésped a entrar en la tienda (loja) y mirarlos con detenimiento. Antes que nada, hay que aclarar que la palabra escoba designa, en portugués (y con ‘v’), al cepillo. En portugués, escova significa cepillo y vassoura, escoba. Es uno de esos casos de falsos amigos lingüísticos que, a veces, juegan malas pasadas y, otras, terminan ejerciendo la atracción de los imanes.

¿Quién se hace especialista en cepillos?

El caso es que la Escovaria de Belomonte tiene casi un siglo de historia como un taller familiar de fabricación de escobas y cepillos, con un trabajo de carpintería destinado a cada particular objeto. Nos atiende Rui Rodrigues, quien con su esposa Olinda Silva constituyen la tercera generación de artesanos que heredaron el oficio que inició el abuelo fundador, Antonio da Silva, en 1927. En efecto, él al principio fabricaba vassouras y, en 1953, sumó los cepillos de uso personal a su oferta comercial, ya en el emplazamiento que hoy tiene la tienda en la ciudad portuguesa. Con el paso de las décadas, un diseño cuidado y original le fue dando al trabajo manual de la familia un lugar merecido en el mercado.

Rui destaca la labor única de los cuatro artesanos que producen lo que aquí se vende, que compite con lo que ofrecen apenas un pequeño puñado de tiendas similares en todo el mundo. Hoy, el bisnieto de don Antonio, Sérgio Silva Rodrigues, es quien se encarga de la dirección creativa: la especialización en la función de cada cepillo de su catálogo requiere una cuidada elección de maderas, crines de caballo o cerdo y pelo de cabra. Y la delicadeza de cada uno de los diseños hace el resto. Un cepillo tiene por función suavizar. En la trastienda de la calle Belomonte trabajan con esa cadencia de lo que se hace con sumo cuidado para que cumpla su función; se traen maderas especiales de Brasil, de África o de América del Norte, y se eligen con esmero las cerdas, la distancia de las ranuras y los tamaños de los huecos o de la puntada al coser.

Hay en la colección cepillos para lustrar zapatos, para limpiar la gamuza, para quitar el polvo a las superficies, para la ropa, para levantar migas, para cepillarse el cabello o alisarse la barba y hasta para distribuirse el maquillaje o exfoliarse la piel. Cada uno de ellos tiene unas características muy particulares y, aunque parezca increíble, es tan atractiva su hechura a mano que uno podría quedarse horas contemplándolos o tocándolos. Se trata, efectivamente, de unos objetos tan cuidados que han llevado a la vieja escobería de Oporto a convertirse en proveedora de elegantes regalos de empresa para grandes corporaciones de joyería y coches de lujo.

Hay piezas únicas que suavizan el tacto, pero también la vista. 

Encuentra inspiración para tus próximos viajes en nuestro Facebook y Twitter e Instragram o suscríbete aquí a la Newsletter de El Viajero.




Source link