Y por fin, tenis


Han sido días, un mes y medio si se rebobina hasta al anuncio de que se retrasaría tres semanas el inicio, de mucho ruido y poco tenis. En tiempos de pandemia manda el virus, y el prólogo de este Open de Australia que ya carbura ha estado salpicado de geles, mascarillas, cuarentenas, positivos, falsos positivos, quejas, fricciones entre los propios jugadores y una alarma de última hora; también de escenas insólitas, con los profesionales encerrados entre cuatro paredes durante dos semanas y de una previa agotadora, partido va, partido viene en los cinco últimos días, sin la transición natural hacia todo grande. Todo prisas y encaje de bolillos para cuadrarlo todo.

Sin embargo, pese a todos los avatares y el interminable runrún —hasta cierto punto comprensible, teniendo en cuenta lo que supone trasladar un circo de 1.200 personas procedentes de todos los rincones del mundo en este oscuro presente pandémico—, el tenis ya está aquí. Por fin.

Siguen Craig Tiley (el director del torneo) y su equipo en alerta, aplicando los cinco sentidos para no dejar el más mínimo cabo suelto, pero de nuevo se vuelve a respirar un ambiente de competición. Ahora bien, con papá Estado —Australia ha sido ejemplar en la contención del covid— vigilando hasta el último milímetro de lo que acontece. Queda por ver cómo responden a estas alturas los cuerpos y el instinto de los tenistas, que se han preparado a la carrera y sin la adaptación adecuada para un escenario tan sinuoso como el de Melbourne, donde lo mismo caen cuarenta grados que llueve a mares; sobre todo, los de los 72 que fueron recluidos sin excepción durante 15 días.

Las diferencias presentan un escenario insospechado y desequilibrado. La burbuja diseñada por la organización plantea una lucha de clases, en tanto que unos (los que completaron la cuarentena en Adelaida, las figuras de ambos circuitos) han gozado de unos privilegios de los que ha carecido el resto (en Melbourne). Del mismo modo, los agravios se han extendido igualmente entre el grueso del pelotón, con distinciones —turnos de entrenamientos, material e incluso en la superficie de las habitaciones— entre los jugadores en función de su ranking. En cualquier caso, toda la familia de la raqueta celebra que se celebre un Grand Slam que ha costado un mundo sacar adelante.

En estas llega el torneo, cargado de atractivos y con el único pero, a nivel de cartel, de la ausencia de Roger Federer. El suizo no asiste, pero sí lo hacen Rafael Nadal (20 majors, como el suizo) y Novak Djokovic (17), luego la gran carrera histórica de todos los tiempos vivirá otro capítulo. Después de igualar el récord hace cuatro meses en París, el mallorquín tiene a tiro quedarse solo y, desde el punto de vista numérico, terminar con el debate de quién es el más fuerte mientras el de Basilea mima la rodilla derecha en el sofá de casa.

Eso sí, tampoco está del todo fino el balear, afectado por un último contratiempo. Diez días atrás, comenzó a dolerle la zona lumbar y pese a no haber jugado ningún partido oficial previo (sí una exhibición), dice que el problema aún no se ha resuelto del todo y que siente molestias al sacar. “Había hecho una pretemporada progresiva y las cosas estaban saliendo realmente bien. Llegué aquí muy bien, pero después ha pasado esto y las buenas sensaciones se convirtieron en problemas”, explicó este domingo. “No es un problema grave, porque me he hecho las pruebas pertinentes, pero no he mejorado todo lo que me gustaría y las sensaciones no son las ideales”, ahondó.

Nadal debutará la próxima madrugada (no antes de las 5.30, Eurosport) contra el serbio Laslo Djere (25 años, 56º de la ATP), el mismo día que Garbiñe Muguruza, finalista el curso pasado en Melbourne, afrontará su puesta de largo (1.00) ante la rusa Margarita Gasparyan (26/125ª). “Normalmente no se compite la semana anterior a un Grand Slam, pero yo me llevo muchas cosas positivas de esta semana. Voy a tratar de mantener este nivel e iré partido a partido, no miro más allá”, declaró la hispanovenezolana después de caer (7-6(3) y 6-4) contra la número uno, Ashleigh Barty, en la final de un torneo preparatorio, el Yarra Classic Valley.

La campeona de Roland Garros (2016) y Wimbledon (2017) está con chispa y ansía recuperar estatus de la mano de Conchita Martínez. En el indescifrable cuadro del tenis femenino, está a tiempo. Afortunadamente, podrá competir en Melbourne, lo que visto lo visto, no es poco.


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