El corazón dividido de Ainhoa


Ainhoa
Ormaetxea tiene el corazón tan dividido entre la Real y el Eibar que tiene una camiseta que es mitad txuri urdin, mitad azulgrana. Es seguidora realista y peñista armera. Porta en su corazón a ambas escuadras, pero se recorre toda España con su bufanda del Eibar y jaleando a la escuadra de Mendilibar junto al resto de integrantes de Urko Taldea, de la que es presidenta. Ainhoa tiene 50 años y tenía 12 cuando la Real Sociedad que dirigía su aita, el inolvidable Alberto, ganó su primer título de Liga pasando por encima de los más poderosos.



“Tengo el corazón muy dividido”, apunta esta donostiarra. “Yo llevo la camiseta de la Real un puntito por delante; y por detrás, la de Eibar”. Nació en Donostia, vive y trabaja en La Bella Easo, pero aclara que va mucho a Eibar, donde tiene familia y amigos.

Su aita es un ídolo entre la afición txuri urdin. Un mito, inmortalizado en el busto que levantaron en los aledaños del estadio, ahora aparcado por las obras. “Yo no lo veo así, para mí era mi aita. Es el entrenador que ganó las ligas, pero era el aita, no va más allá”, dice Ainhoa, que no puede contener que “claro que estoy orgullosa de lo que hizo”.

Mañana irá a Anoeta entre los seguidores del Eibar, pero estará contenta gane quien gane. Ya pudo disfrutar del nuevo estadio en el partido inaugural contra el Atlético: “Antes estaba muy lejos el campo, pero ahora es al contrario, me recuerda a Atotxa, me trae muy buenos recuerdos”, rescata esta seguidora. “Pero si hasta veía cómo le caían las gotas de sudor a José Mari Bakero”.

La nostalgia y la emoción se apoderan de ella al recordar episodios pretéritos, imborrables por ser de la infancia, por implicar a su gente y por conseguir sembrar de alegría una provincia. Aunque el primero es desgarrador: “Cuando perdieron en Sevilla, recuerdo a mi hermano llorando en casa como una magdalena”. Era el año 1980. Lo mejor llegó 12 meses más tarde: “En la primera Liga volvíamos de Benidorm en autobús y la ama pidió por favor que no pusieran la radio. Mi hermano y una amiga venían oyéndola. Veíamos que el tiempo pasaba y que se escapaba de nuevo. Pero de repente se pusieron a gritar como locos: ‘¡Gol!, ¡Gol!, ¡Gol!’. El chófer tuvo que poner la radio. Y menuda fiesta”. Ainhoa no estaba con su aita. De hecho, lo volvió a ver, como decenas de miles de guipuzcoanos, en los recibimientos: “Recuerdo que vine con mi profesor, maixu Ángel, a recibir al equipo txapeldun aquí a Donosti. No había visto al aita y le vi desde abajo, pero él no me vio”.

Fueron años gloriosos para los seguidores txuri urdin, pero en la casa de los Ormaetxea el balón se quedaba fuera. “El aita no habló de fútbol en casa en la vida. Nunca. Unos años antes de morir, comenzó a contar historias de cuando él era jugador”, relata su hija. “Decía que era su trabajo y no tenía más mérito que el que corta un filete bien cortado”. Así era el técnico de los títulos: “¿Mi padre un ídolo? No le gustaba ni que le reconocieran por la tarde”. Ídolo a la guipuzcoana.


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