Fiesta, puros y póker para impulsar la globalización del baloncesto

Fiesta, puros y póker para impulsar la globalización del baloncesto

En verano de 1992, los vecinos de la calle Pintor Fortuny tuvieron, muy probablemente, a sus más ilustres visitantes hacinados dentro del recién inaugurado hotel Ambassador, ahora el Silken Ramblas. Las dos semanas que se pasó el mejor equipo de baloncesto de la historia allí dentro forman parte de la historia del olimpismo y del deporte mundial. No es que las estrellas no dieran algún paseo de vez en cuando, pero los helicópteros sobrevolando la zona y los francotiradores apostados en las azoteas indican la dimensión del asunto para una Barcelona que no era, ni por asomo, la ciudad mundialmente reconocida de hoy en día.

Las estrellas no estuvieron demasiado tiempo en sus habitaciones a 800 euros la noche, sino que pasaron la mayoría de su tiempo en la sala reservada que tenían para jugar a cartas, fumar puros y echar partidas de ping-pong o videojuegos. Michael Jordan se levantaba temprano –algunos, viendo sus horarios, dirían que más bien iba de empalmada– para ir a jugar a golf a El Prat. De hecho, hubo días en que MJ jugó en dos campos distintos, y por la noche se vestía de corto y arrasaba con los rivales. Otro que no paraba, tanto dentro como fuera de la cancha, era Charles Barkley. Al Gordo le gustaba Barcelona, una ciudad de fantasía para un chico de una pequeña localidad de Alabama, así que por las noches, cuando otros compañeros jugaban o dormían, él se escabullía por la puerta trasera y se daba un paseo por Las Ramblas.

“No puedo quedarme sentado en mi habitación sin hacer nada”, explicaba Barkley a Jack McCallum, periodista de Sports Illustrated y autor del magnífico libro Dream Team sobre la legendaria selección de los Estados Unidos de 1992. “Por supuesto que molesta firmar tantos autógrafos, pero prefiero caminar por ahí y firmar autógrafos que quedarme sentado. Para mí es divertido dar vueltas y conocer a gente”. Así, Barkley se paseaba por los míticos quioscos de las Ramblas, y como relata McCallum, se tomaba algunas copas sentado en una terraza de la Plaça Reial. Charles salió de fiesta, y gracias a esas escapadas, ayudó a rebajar la tensión que el tratamiento VIP a las estrellas de la NBA había generado en la Villa Olímpica.

El relato de El último baile se centró, hace ahora un par de años, en la experiencia de Michael Jordan en Barcelona 1992, una vivencia que se vio un instante durante el estreno de la serie documental cuando el 23 paseaba por el Eixample justo por delante de un enorme cartel publicitario de Nike en el que él mismo era el protagonista. MJ ha confesado en más de una ocasión que está enamorado de Barcelona, ciudad que ha ido visitando a lo largo de los años. En 1992, sin embargo, no vio mucho más que la sala común del Ambassador, el parqué del Olímpic y la hierba de varios campos de golf de Catalunya. Eso no evitó que el Dream Team arrasara sobre la pista, ganando por un promedio de 43 puntos a sus rivales en los ocho partidos que disputaron durante la cita olímpica.

Después de entrenarse o apalizar a sus oponentes, las estrellas se citaban en su peculiar centro de operaciones: era una sala acristalada situada en el segundo piso del Ambassador, y se podían ver desde fuera los videojuegos, las cajas de pizzas y latas de cerveza tiradas por el suelo, las colillas de los habanos en el cenicero. Allí, los mejores jugadores de baloncesto del momento se retaban a partidas de ping-pong. Michael Jordan, como en todo, quería ganar, pero el irreverente Christian Laettner era el número uno con la pala. Jordan abandonó la sala cabreado en más de una ocasión, y en las partidas también participaba el entonces comisionado de la NBA, un David Stern al que tampoco se le daba mal el juego de la pelotita.

Al igual que encima de la pista, donde Barkley le metió un codazo a un jugador de Angola sin venir demasiado a cuento, el trash-talk iba y venía en el reservado de las estrellas: “Vale que cualquiera con quinientos millones en el banco resulta atractivo, pero si fueras un fontanero, no te comerías un rosco”, bromeaba Sir Charles con Jordan. A veces eran las cuatro de la mañana cuando la mayoría de miembros del equipo se retiraban a la cama, pero Barkley todavía se escabullía y, según cuenta McCallum, le daba un par de billetes de 100 dólares al primer barcelonés que se cruzaba por la calle y le decía: “Hoy me llevas de fiesta”.

El día de la gran final, las apuestas al póker llevaron a la plantilla a acostarse a las seis de la mañana, y Jordan tan solo se pegó una ducha antes de presentarse en recepción para cumplir con unos compromisos publicitarios. Cuando terminó, a primera hora de la tarde, se fue a jugar unos hoyos a El Prat. No quiso y no falló ni un día. Luego se fue de nuevo al hotel, se cambió y se dirigió al Pavelló Olímpic de Badalona. Unas horas más tarde, el Dream Team mordía el oro olímpico tras vencer por 117-85 a la Croacia de Drazen Petrovic, Dino Radja y Toni Kukoc, que se uniría una temporada después a los Bulls y formaría parte de la segunda dinastía que protagonizaba el relato de The Last Dance, principal revitalizante de la fiebre por el ’23’ de Chicago en el siglo XXI.

En definitiva, la primera experiencia de Michael Jordan en Barcelona fue peculiar. Apenas durmió y no se despeinó para nada: metió 22 puntos en la final olímpica y se marchó a casa esa misma madrugada en un vuelo chárter junto al resto de sus compañeros. Al año siguiente, MJ completaría su primer triplete y se retiraría por primera vez en su carrera para buscar nuevos retos como jugador de béisbol, pero esa es otra historia.

La presencia de Jordan y el resto de estrellas, los Magic Johnson, Larry Bird y compañía, situó a Barcelona en el mapamundi del baloncesto mundial, que después de la exhibición de los Estados Unidos vivió su eclosión definitiva como deporte global. “Barcelona fue el primer impulso para llegar todo lo lejos que el baloncesto ha llegado”, reflexionaba Mike Krzyzeswki, por entonces miembro del cuerpo técnico de Chuck Daly, entrenador del Dream Team que definió la actuación de sus pupilos en nuestro país como la de los Beatles en los Estados Unidos de los sesenta. Con las apuestas, las partidas de golf y los puros de por medio, y a pesar de todas las anécdotas, Jordan y sus compañeros cambiaron para siempre lo que entendemos hoy por baloncesto.




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