La comprensión como proyecto

La verdad cotiza a la baja. En todas las esferas, pero sobre todo en las filosóficas. No siempre fue así. Hubo tiempos en los que la verdad tenía el aval de Dios en la revelación o de la Razón o del conocimiento del objeto a través de la experiencia sensible, verificable por otros en circunstancias similares. Dios, la Razón, la Experiencia, son, desde luego, palabras mayores. De proposiciones como “la luna está hecha de queso verde” parece fácil decir si son verdaderas o falsas, o como pedía Russell saber en qué condiciones un observador podría establecer su valor de verdad o falsedad, aunque se trate de una verdad modesta. Entre los adictos al conocimiento de verdades estaban los filósofos. A éstos, recuerda Étienne Balibar, atribuía Spinoza la función de “obligar a la masa de los hombres a disociar lo racional y lo afectivo, o el discurso verdadero y el discurso metafórico”, de modo que su función fuera combatir a quienes “trabajan intensamente para producir la confusión”, es decir, “los sacerdotes (especialmente los católicos)”. De ahí que, como propusiera Hobbes, los maestros de filosofía debieran ser dirigidos por los Estados que “han actuado hasta ahora en contra de su propio interés (y por tanto contra el de sus pueblos respectivos) al tolerar o alentar doctrinas contrarias”. Spinoza, señala Ricardo Laleff Ilieff citando a Carl Schmitt, fue el “primer judío liberal”; Hobbes en cambio, renunció a separarse en público de su fe. Buena parte del pensamiento político de la primera mitad del siglo XX se construirá sobre uno u otro pensador, a la sombra de Maquiavelo.

¿Se puede hacer algo más que condenar a quienes piensan diferente? Varios libros recientes demuestran que sí; que el pensamiento del otro puede ser analizado con la voluntad de comprenderlo y, tal vez, descubrir qué haya en él de valioso, aunque el pensamiento propio sea radicalmente diferente.

Berlin trata de comprender el sentido de la obra de De Maistre e incardinarla en el momento histórico en que se dio

Spinoza político, de Balibar, es precisamente un canto al reconocimiento del otro. Laleff Ilieff, hace algo diferente: contrapone el pensamiento de Schmitt al de su contemporáneo pero opuesto Antonio Gramsci, buscando las raíces comunes que les dan sentido. Isaiah Berlin, un liberal, ofrece en Joseph de Maistre y los orígenes del fascismo un resumen descriptivo del pensamiento de De Maistre. No hay complacencia con sus ideas; tampoco saña. Se trata de comprender el sentido de su obra e incardinarla en el momento histórico en que se dio, así como, en este caso, señalar la influencia posterior, sobre todo en el fascismo europeo.

En un tono muy diferente, Francisco Fernández Buey recorre las relaciones entre la izquierda y el cristianismo en los años finales del siglo pasado y los primeros de éste. Los textos no tienen voluntad de distanciamiento sino de aproximación entre dos formas de ver el mundo con frecuencia enfrentadas.

El individuo, por supuesto, existe, señala Balibar a propósito de Spinoza, pero se constituye en sus relaciones con los demás. El libro se subtitula Lo transindividual, e insiste en el carácter relacional del individuo que se integra socialmente en individualidades progresivamente más complejas, en constante interdependencia. De modo que “la idea de procesos de individuación aislados unos de otros se vuelve impensable”. Para Spinoza, “cada individuo es en realidad un transindividuo”, un conjunto de relaciones, cuyas capacidades no se ven disminuidas por su integración en la comunidad que es el Estado, sino potenciadas, en especial las libertades de pensamiento y expresión, elementos indispensables en la constitución del Estado.

Balibar insiste en que para Spinoza no hay un estado de naturaleza real previo a la sociedad. Es sólo una ficción operativa porque el hombre aparece siempre integrado en una comunidad que, ni siquiera en los peores momentos, deja de existir. El soberano da cohesión no sólo a las relaciones y la ley, también al lenguaje, de modo que “uno llama crueldad a lo que otro llama justicia”, pero son las leyes las que fijan “el uso y la definición de los nombres en los que haya desacuerdo y tiendan a suscitar controversia”.

A la batalla por el lenguaje se refiere también Fernández Buey. “Hay al menos dos cosas que no se pueden dejar en manos de los de arriba”, escribe: la ciencia y “la definición de las palabras; la capacidad de nombrar, de poner nombre a las cosas” porque resulta “esencial para cambiar el mundo”.

Fernández Buey analiza los encuentros y desencuentros entre la izquierda y el cristianismo, enfatizando las coincidencias

Si el libro de Balibar es una defensa de la otredad (con referencias muy distintas a las de Emmanuel Lévinas), el de Fernández Buey es una compilación de textos en los que analiza los encuentros y desencuentros entre la izquierda y el cristianismo, enfatizando las coincidencias. Destaca a dos pensadores: Simone Weil, quien descubrió la religión en sus últimos años, y José María Valverde, que llegó al marxismo a través del cristianismo y con quien Fernández Buey mantuvo amistad personal y política. Hay una parte del volumen (que agrupa diversos textos, en su mayoría nunca recogidos en libro) dedicada a las perspectivas de los movimientos cristianos y de izquierdas y su confluencia en América latina, incluido un estudio sobre Bartolomé de las Casas.

Fernández Buey sugiere revisar la crítica marxista de las religiones y recoge una opinión extendida entre los cristianos que sentía cercanos: Dios no puso el infierno en la tierra, de modo que las condiciones de pobreza y miseria no le han sido impuestas a la humanidad como castigo y son, por lo tanto, reversibles. Un problema es que los que durante años se presentaron como adelantados del camino hacia el bienestar no hayan tenido grandes éxitos. En Occidente, la socialdemocracia se ha dedicado a gestionar, conformándose con mostrarse “matizadamente crítica del capitalismo en la oposición, apologeta del mismo cuando se logra la mayoría”. En el antiguo bloque oriental las cosas eran distintas, ironiza Fernández Buey recordando a Rudi Dutschke: “En el socialismo real todo era real menos el socialismo”. Quizás la razón última se halle, apunta, en la tendencia al conservadurismo de los partidos políticos cuyo pecado original es la tendencia al totalitarismo.

El futuro no está escrito, aunque se halle en entredicho, como ya apuntara Walter Benjamin. De su mano, no duda en señalar que, tal vez, “el límite del pensamiento ilustrado es su incomprensión del problema del otro y de las otras culturas”.

Pero si se busca una crítica al pensamiento ilustrado, ahí está De Maistre “un reaccionario, católico, un erudito y un aristócrata francés”, dice Berlin, “opuesto con idéntica firmeza al racionalismo y al empirismo, al liberalismo, la tecnocracia y la democracia igualitaria, hostil al secularismo y toda forma de religión aconfesional”, que deriva su fe “de los padres de la Iglesia y de la Compañía de Jesús”.

El volumen nació como texto independiente, formato que ahora recupera, tras haber sido incluido en su día en la antología titulada El fuste torcido de la humanidad. Como dice Berlin, “Maistre no argumenta, simplemente proclama el derecho a la existencia de un mundo” donde la razón esté sometida a la religión, y no haya cabida para “los ideales del progreso, la libertad y perfectibilidad humana”. El hombre es un ser de naturaleza corrupta que sólo puede ser corregida por la autoridad a la que se debe sometimiento y obediencia.

El autor, señala Berlin, ha provocado en sus lectores “curiosidad, repugnancia, adulación y odio ciego”, pero al margen de la pasión, conviene tener presente que sus. obras “y su personalidad son relevantes no como final sino como un principio” ya que fue “uno de los precursores de los fascistas”.

Tanto Schmitt como Gramsci trabajan en el restablecimiento de las propias posiciones para convertirlas en victoriosas

También Carl Schmitt fue un teórico del nazismo. Tiene en común con Gramsci, señala Laleff Ilieff, que ambos son herederos de un proyecto que sale derrotado de 1848, una fase revolucionaria que, según Eric Hobsbawm, pone de relieve “que en lo sucesivo las clases medias, el liberalismo, la democracia política, el nacionalismo e inclusive las clases trabajadores iban a ser el rasgo permanente del panorama político”. Tanto Schmitt, representante de las fuerzas contrarrevolucionarias cristianas, como Gramsci, en nombre de una democracia popular revolucionaria, trabajan en el restablecimiento de las propias posiciones para convertirlas en victoriosas.

Schmitt parte del pensamiento de Donoso Cortés y De Maistre, pero también de Hobbes, leído por uno de sus mejores biógrafos, Ferdinand Tönnies. De Maistre le ofrece su totalitarismo, Cortés, en cambio le facilita “tres elementos analíticos”: un pronóstico en política exterior (la pérdida de la centralidad de Europa); un diagnóstico en política interior (centralización del poder ante las innovaciones técnicas), y un paralelismo en la historia universal (el declive del cristianismo en favor del socialismo). Schmitt es crítico con el liberalismo, al que acusa de tibieza frente al socialismo, el verdadero enemigo a batir. “La burguesía liberal”, escribe Schmitt, “quiere un Dios, pero un Dios que no sea activo; quiere un monarca, pero impotente; reclama la libertad y la igualdad, pero al mismo tiempo la restricción del sufragio a las clases poseedoras para asegurar la necesaria influencia de la cultura y de la propiedad en la legislación, como si la propiedad y la educación fuesen títulos legítimos para oprimir a los pobres e incultos; suprime la aristocracia de sangre y de la familia, pero mantiene la desvergonzada aristocracia del dinero, la más necia y mezquina de todas las aristocracias; no quiere la soberanía del rey ni la del pueblo.”

Frente a Schmitt, Gramsci piensa a partir de Marx y Maquiavelo. Schmitt fue bien acogido por los nazis. Gramsci vive hoy aún en autores como Giacomo Marramao, Mario Tronti, Massimo Cacciari, Ernesto Laclau o Chantal Mouffe. El pensador italiano propone que, frente a la crisis de la democracia liberal-parlamentaria, se atienda a la emergencia de las masas que desbordan el parlamentarismo. Se trata de promover un elemento unificador de las distintas capas sociales en una perspectiva política que responda a una concepción ética comunitaria, en la que todo queda subordinado a la visión política unificadora.

En realidad, éste es otro punto de coincidencia entre Schmitt y Gramsci: frente al individualismo liberal, comunismo y cristianismo piensan el cuerpo social como un todo. Ya lo decía Cipriano de Cartago: fuera de la iglesia no hay salvación. Gramsci y Schmitt hubieran sustituido “iglesia” por “Estado”. De Maistre, no.

Portada Spinoza político, de Étienne Balibar

Spinoza político, Lo transindividual

Étienne Balibar.
Traducción: Alfonso Díez.
Gedisa. Barcelona, 2021.
298 páginas. 23,65 euros.

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Portada de Sobre izquierda alternativa y cristianismo emancipador, Francisco Fernández Buey

Sobre izquierda alternativa y cristianismo emancipador

Francisco Fernández Buey.
Edición de Rafael Díaz Salazar.
Editorial Trotta. Madrid, 2021.
366 páginas. 26,60 euros.

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Portada de Joseph de Maistre y los orígenes del fascismo. Isaiah Berlin.

Joseph de Maistre y los orígenes del fascismo

Isaiah Berlin.
Edición de Henry Hardy.
Traducción: Roberto Ramos Fontecoba.
Página indómita. Barcelona, 2021.
158 páginas. 17 euros.

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Portada de Lo político y la derrota. Un contrapunto entre Antonio Gramsci y Carl Schmitt. Ricardo Laleff Ilieff.

Lo político y la derrota. Un contrapunto entre Antonio Gramsci y Carl Schmitt

Ricardo Laleff Ilieff.
Guillermo Escolar editor. Madrid, 2021.
218 páginas. 15,20 euros.

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