La insumisión de Trump

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El tóxico legado de Donald Trump en la política estadounidense parece lejos de haber terminado con su derrota en las urnas de hace dos años y su tumultuoso abandono de la Casa Blanca. El Partido Republicano sigue dando continuas muestras de ser rehén no solo de las ideas, sino de la misma personalidad del polémico expresidente, quien en los últimos días ha incrementado su discurso incendiario avivado por el registro realizado por el FBI de su residencia de Mar-a-Lago.

En lugar de moderar su discurso tras la derrota de Trump, se ha extendido en el campo conservador una forma de entender la política caracterizada por la radicalidad —en ocasiones descaradamente demagógica— y la confrontación total que arrincona la estrategia de los candidatos más moderados. Las informaciones falsas y los bulos —como ya sucediera durante la presidencia de Trump— se han convertido en un arma electoral recurrente con el agravante de que quien no los suscribe en público es señalado inmediatamente como un traidor al partido. Peor aún. Esta marea radical está afectando también al Partido Demócrata, algunos de cuyos candidatos, jugando con fuego, incluso están apoyando en las primarias a los candidatos republicanos más extremistas porque esperan que les será más fácil vencerlos en sus circunscripciones en noviembre. Una táctica política cuando menos irresponsable.

Con un bajísimo índice de popularidad de la Administración de Biden —según un sondeo del Centro de Estudios Políticos de la Universidad de Harvard, 7 de cada 10 estadounidenses no quieren que el presidente demócrata intente renovar su mandato— y una tradición política en la que no es extraño que el presidente en ejercicio esté en minoría en el Congreso, las encuestas vienen otorgando posibilidades de victoria al Partido Republicano en estas elecciones de mitad de mandato. Pero Trump y el trumpismo están distorsionando de tal manera el panorama político que existe el riesgo de que estos comicios se conviertan en un referéndum en torno a la figura del expresidente.

El último indicio de semejante deformación es la polémica generada en torno al registro de la residencia de verano del exmandatario. Según The Washington Post, el FBI buscaba documentos secretos sobre armamento nuclear que el expresidente se habría llevado allí y no habría devuelto tras ser requerido para hacerlo. Las artimañas posteriores de Trump para presentarse como víctima ante un hecho —la publicación o no de la orden de registro— que estaba en su mano resolver no ha hecho sino emponzoñar todavía más el debate político y volver a poner en el centro del debate a un hombre que se ha negado sistemáticamente a reconocer la legítima victoria en las urnas de su oponente demócrata Joe Biden y que está siendo investigado al más alto nivel como responsable del ataque más grave contra una de las instituciones —el Congreso— sobre las que se basa la democracia estadounidense.

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