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La Italia más dantesca

Este año se cumplen siete siglos de su muerte, pero Dante Alighieri (Florencia, 1265-Rávena, 1321) aún es útil para comprender el difícil teorema que envuelve al individuo y su condenada existencia. Con su inmortal Divina Comedia plasmó para siempre las trazas sublimes que se le exigen a un sumo poeta y cosió la matriz de un caminante del alma, un arqueólogo, sociólogo y antropólogo de los sentidos y las emociones. Bienvenidos a un profundo paseo por los entresijos del infierno, el purgatorio y el paraíso. Porque para salir del agujero, primero hay que entrar en el agujero.

Unos 100 kilómetros al norte de Roma, en la provincia de Viterbo, están las termas del Acqua Bullicante. Un paraje al aire libre de aguas sulfúreas a más de 60 grados. Cuenta la leyenda que uno de los caballos celestes que tiraban del carro del dios Helios, el Sol, cayó accidentalmente en un manantial de la zona, cuyas aguas adquirieron desde entonces propiedades curativas. Las custodia una placa en piedra con los versos extraídos del XIV canto del Infierno, donde se compara el arroyo —arquitrabado con piedra calcárea emanando agua y vapores a borbotones— con el infernal Flegetonte, uno de los cinco ríos que cursaban el Hades, junto con Estigia, Lete, Cocito y Aqueronte. Es un pasaje importante de una de las grandes obras de la literatura italiana, escrita a lo largo de dos décadas de exilio durante la guerra entre güelfos y gibelinos.

Dos décadas de errar y divagar, tanto física como mentalmente. Siempre con su amada Beatriz en los meandros más profundos, y obsesivos, de su mente. Porque sí, siempre hay un elemento que desencadena cualquier tempestad, cualquier tormenta. Una mariposa que despierta un huracán. En las ilustraciones de Gustave Doré, la Divina Comedia comienza con Dante entrando a los infiernos conducido por el poeta romano Virgilio, a través de una puerta en la que aparece escrita la frase: “Dejad los que aquí entráis toda esperanza”.

La obra ha inspirado diversos itinerarios que invitan a perderse tras los versos de Dante: “A mitad del camino de la vida, / en una selva oscura me encontraba / porque mi ruta había extraviado”. Uno de ellos parte del castillo de Fumone, en la región del Lazio, y prosigue por el de Gradara, en las Marcas (mencionado en el Canto V). En este último Dante sitúa el trágico amor de Francesca da Polenta y Paolo, el primogénito de los Malatesta. Situado en un punto estratégico —próximo a la ciudad de Urbino— por las relaciones entre nobles, Gradara es hoy un hotel museo de 14 habitaciones en medio de un pueblo medieval que irradia encanto e historia. De hecho, cada verano se celebra The Magic Castle, donde las artes escénicas regalan una semana de hadas y orcos, de fuego y nubes rosas.

La Torre de los Adimari en Florencia —lugar de disputas con el tan odiado Filippo Argenti— o el Duomo de Pistoia (Canto XXIV), donde fue condenado a muerte un inocente Rampino di Ranuccio Foresi, completan junto a la Torre della Muda (o Torre de Gualandi), en Pisa, algunas de las etapas más importantes de este recorrido infernal. Precisamente en aquella torre fue encerrado hasta su muerte el conde Ugolino por haber traicionado al partido gibelino a favor de sus archienemigos güelfos. Era una Toscana medieval teñida de espiritualidad, religión, esoterismo, arte, sangre y conspiraciones. De torres y castillos que hoy piden la vez para seguir viviendo.

400 kilómetros siguiendo al poeta

No termina ahí la oferta dantesca para el viajero. Entre Florencia y Rávena, principio y fin de la ruta, hay un sinfín de pueblos misteriosos y mágicos que otrora encontraron cabida en los cantos de la Divina Comedia. Entre esas dos ciudades surge el Camino de Dante, un itinerario creado en 2012 en forma de anillo que une los puntos cardinales de su existencia, situados en Toscana y Emilia-Romaña, respectivamente.

Son casi 400 kilómetros divididos en 21 etapas, y se pueden realizar a pie o en bicicleta. Un largo peregrinar para darle un sentido a la exigua existencia entre cotas de 1.500 metros en los Montes Apeninos, carreteras secundarias, caminos sin asfaltar y pueblos como Oriolo dei Fichi, Brisighella, San Bene­detto in Alpe, Premilcuore, San Godenzo, Dicomano, Pontassieve o Poppi. Además de Florencia y sus tesoros: la iglesia de Santa Margherita dei Cerchi (donde está la tumba de Beatriz), la Piazza di Santa Croce con la escultura del genio, la Casa de Dante y la abadía de San Miniato al Monte, cuya salida se compara en la Divina Comedia con la puerta del purgatorio.

Y de ahí hasta Rávena para cuadrar el bucle. Allí se encuentran los restos del poeta, que custodia la inau­dita belleza de los mosaicos bizantinos de la basílica de San Apolinar el Nuevo, San Apolinar en Classe, San Vital y los del mausoleo de Gala Placidia, hermana del emperador Honorio. Rávena, patrimonio mundial de la Unesco, es además la ciudad natal de Francesca, cuya historia de amor con Paolo vio la luz en el Canto V del Infierno.

Dice el historiador Alessandro Barbero que la Divina Comedia trasladada a lugares reales sería una enorme construcción mental. ¿Y si todo fuera al revés? ¿Y si lo ficticio fuera el decorado arquitectónico, reducido a una mera ilusión óptica? Quizás habrá que esperar otros 700 años para comprobar si, efectivamente, lo único cierto ahora no es más que la lectura de este artículo. O si, como diría Beatriz, hay gente que se centra más en el afán de parecer sabia ante los ojos ajenos en lugar de descubrir los orígenes de cuanto rodea al individuo. Una cuesta también puede ser un plácido descenso.

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Neto

Soy Neto, creador de LaNetaNeta.com Me apasiona leer y aprender, disfruto escribir y compartir publicaciones interesantes con el publico.

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