La joven que quería ir a Marte y acabó muerta en el fondo de un barranco

El principio del fin de Mitrice Richardson empezó con una cuenta sin pagar en un restaurante de Malibú (California), donde había ido sola a cenar. 89 dólares le habían costado un cóctel y un caro filete de ternera de Kobe (76 euros al cambio actual). Mitrice se levantó de su mesa. Salió del local. Pero el gerente del establecimiento fue tras aquella joven negra de 24 años y le pidió que volviera a entrar, que pagara. Ella no podía. Que no llevaba dinero en metálico ni tarjetas, le dijo. Y también le aseguró al personal que era de Marte.

El del restaurante no era el primer comportamiento extravagante de Mitrice. La hermana de Ronda Hampton, una íntima amiga suya en cuyo gabinete de psicología había hecho prácticas la joven, aseguró tiempo después que le había dicho que iba a viajar al planeta rojo. Que conocía a Michael Jackson, aunque el rey del pop ya estuviera muerto.

Este es el relato de una extraña desaparición a partir de las investigaciones de dos medios: Los Angeles Times y Los Angeles Magazine, una recapitulación del caso en Medium y un informe independiente del Condado de Los Ángeles, de 2012. 

Mitrice Richardson se había graduado en Psicología en la Universidad del Estado de California en Fullerton. Tenía trabajo como asistente ejecutiva en una compañía de transporte. A la vez, había superado unas pruebas para ser profesora sustituta y se había planteado también trabajar como psicóloga tras estudiar esa carrera en la universidad. Además, se sacaba un dinero extra participando en concursos de reggae o bailando como gogó en un club frecuentado por lesbianas en Long Beach. Había salido del armario tiempo atrás.

Vivía con su bisabuela, pero pasaba noches en el interior de un Honda Civic atestado de prendas suyas de ropa, de periódicos viejos, productos de maquillaje y libros. Pero eso se supo avanzada ya la investigación, como también que, una vez revisó la policía sus diarios, sus SMS y sus publicaciones en redes sociales, la profusión de mensajes a deshoras daba a entender que Mitrice, aquel 16 de septiembre de 2009, en el momento de cruzar la puerta del restaurante Geoffrey’s y admirar sus fantásticas vistas sobre el Pacífico, llevaba cinco noches sin dormir.

Tras las extrañas palabras, el gerente del restaurante llamó a la policía. Cuando aparecieron los agentes, le hicieron una prueba de alcohol. Negativa. De drogas. Negativa también, aunque llevaba algo menos de una onza (28 gramos) de marihuana. Los camareros se ofrecieron a pagar la cuenta de aquella clienta tan errática, pero la pequeña posesión de drogas era motivo suficiente para que los agentes se la llevasen arrestada a la comisaría de Malibú/Lost Hills, a unos 18 kilómetros del Geoffrey’s. En su coche, que dejaron confiscado en el aparcamiento del restaurante, había un móvil y una tarjeta bancaria de la joven. ¿No les extrañó por qué no había pagado?

La joven de Los Ángeles se mostraba colaborativa, aunque algo nerviosa. El agente que se ocupaba del calabozo le hablaba de góspel, pero ella prefería hablar del karma. Su madre, Latice Sutton, habló por teléfono con el ayudante del sheriff. Tenía a su cargo a otra hija, de 10 años, y no podía dejarla sola a esas horas. Tendría que llevarla en coche los más de cien kilómetros que la separaban de la comisaría, ya bien entrada la noche, pero iría si la soltaban de inmediato. “Está muy oscuro, [Mitrice] no tiene el coche [que se había quedado en el aparcamiento del restaurante]. La única manera de que vaya y me la lleve es si la liberan esta noche. Ella no es de la zona y odiaría levantarme por la mañana escuchando la noticia de una chica perdida por ahí con la cabeza cortada”, dijo al teléfono Sutton. Unas palabras literales que luego resultaron ser escalofriantemente premonitorias.

“No tiene usted que preocuparse por su seguridad [la de Mitrice]”, le respondió el policía a la madre al otro lado del hilo. “Ay, me siento segura estando ella ahí bajo custodia”, replicó ella. El agente le dijo que custodiarían a su hija hasta las cinco de la mañana.

Y cuando más segura podía estar aquella joven de comportamiento errático, arrestada aunque bien vigilada por los agentes, decidieron ponerla en libertad. Mitrice se comprometía a comparecer ante el juzgado de Malibú un par de meses después. Podía quedarse en la sala de espera de la comisaría hasta por la mañana, le ofreció el policía encargado del calabozo, pero Mitrice salió a la calle en cuanto estuvo libre, unos minutos después de las doce y media de la noche. Sola y a 18 kilómetros de su coche, que tampoco podía usar porque se lo habían confiscado. A 65 kilómetros de su casa. Sin dinero ni teléfono. En una zona sin un alma a esas horas, ni un solo comercio abierto. En la oscuridad.

Cuando la madre volvió a llamar a la comisaría, Mitrice ya no estaba. Dijo que su hija estaba deprimida. Lloró. Preguntó cuánto tiempo tenía que transcurrir para que pudiera poner una denuncia por su desaparición.

No se supo más de ella en nueve meses de búsquedas cada vez más desesperadas por la geografía de la zona, con la cara agraciada de la joven, antigua concursante en certámenes de belleza, llenando la portada de People y tiempo de las tertulias de la televisión.

En agosto de 2010, unos guardas que buscaban plantaciones ilegales de maría en lo hondo de un cañón encontraron unos restos humanos semimomificados y sin ropa. La cabeza estaba separada del tronco y bocabajo. Habían peinado una zona de más de 100 kilómetros cuadrados con cuadrillas de centenares de voluntarios, pero el cuerpo de Mitrice apareció a solo tres kilómetros del último sitio donde había sido vista por última vez.

Cartel de búsqueda de Mitrice Richardson colocado en Malibú en 2009.
Cartel de búsqueda de Mitrice Richardson colocado en Malibú en 2009.

De nada servían ya los avisos que en los meses de búsqueda la ubicaban paseando por la costa, o por Hollywood, o bien en el interior, en Las Vegas, como decía un antiguo compañero de instituto, como aseguraba su padre mismo. La única comunicación que se demostró luego cierta fue la de un vecino que la misma noche de la desaparición había llamado a la policía porque una joven —negra, delgada y con el pelo a lo afro— estaba en su patio en torno a las seis de la mañana. Le había dicho al propietario que solo estaba descansando. Al poco, aquella chica se esfumó.

Poco después de aparecer los restos en un cauce seco, una zona agreste donde es más probable que merodeen los coyotes que los seres humanos, se confirmó que el cuerpo era el de Mitrice Richardson. La familia dejó allí unas flores de plástico de colores y unas notas escritas para recordarla.

¿Qué le había pasado a la joven para terminar así? ¿Por qué la policía no la retuvo o encargó una valoración psiquiátrica, como le permitía la legislación, siendo tan obvias las señales de que podía padecer problemas mentales? ¿Por qué no la acompañaron a algún lugar tras liberarla, como sí habían hecho con Mel Gibson unos años antes, en la misma comisaría, cuando lo detuvieron borracho?

Todas estas preguntas se las hacía la familia, que consideraba que había habido negligencia por parte de la policía. No solo al dejarla libre a deshoras y desamparada, sino también tras encontrarse sus restos. ¿Por qué la policía tardó en avisar al forense una hora y media tras el hallazgo, a pesar de estar obligados a hacerlo tan pronto como encontrasen restos humanos? ¿Por qué tardaron siete horas en trasladarlo en helicóptero hasta el lugar de los hechos, si no habían tenido problemas en llevar rápidamente a otros agentes del cuerpo por el mismo medio tan pronto avisaron al forense? ¿Y por qué el relato de un teniente de la policía apuntaba que la cabeza de la joven estaba unida al cuerpo, si en otro relato anterior se afirmaba que la calavera estaba separada?

Varias prendas de la joven aparecieron inexplicablemente a 200 metros de su cadáver, que además estaba semimomificado, cuando el entorno natural no propiciaba ese fenómeno. No ayudaba a esclarecer el papel de la policía el hecho de que los agentes empaquetaran parte de los restos y se los llevasen a la comisaría antes de que apareciera el forense para estudiar la escena, aunque sostenían que habían recibido la autorización del técnico, algo que él negaba.

Ya en el laboratorio, el experto forense que analizó no encontró signos traumáticos en el cuerpo y no pudo identificar la causa de la muerte, pero descartó que fuera un homicidio. “Los agentes actuaron correctamente”, señaló el portavoz de la policía, el sheriff Lee Baca, en una comparecencia pública. Con una coletilla: “Correctamente no significa que no pudiéramos haber hecho algo más”.

¿Si no era un crimen, cuál había sido la causa de la muerte? Varios agentes apuntaron la posibilidad de un shock anafiláctico por contacto con el roble venenoso del Pacífico, que abunda en la zona, o por la picadura de una serpiente de cascabel. Ninguno de esos extremos pudo comprobarse empíricamente.

Un vídeo de las cámaras de la comisaría al que los familiares de la joven tuvieron acceso mucho tiempo después mostraba un detalle que les resultaba extraño. Unos dos minutos después de que la joven saliera a la calle, un agente abandonaba las instalaciones en la misma dirección. Que la policía hubiera obviado ese hecho en su narración de los sucesos les escamó aún más, como también que la grabación estuviera editada y con varios fragmentos eliminados.

La fiscal general de California, Kamala Harris, actual candidata demócrata a la vicepresidencia de EE UU, emprendió una investigación en 2016 que concluyó casi un año después sin que de ella derivasen cargos contra nadie. Pero un punto del texto de resolución irritó especialmente a Ronda Hampton, la fiel amiga para la que Mitrice trabajó como becaria, que había remitido un dosier de 500 páginas en 2015 para que el Estado de California investigase las circunstancias de la desaparición y la muerte: “Lo más desconcertante no es solo el hecho de que no hubiera pruebas suficientes para respaldar un proceso legal, sino que, aunque las hubiera habido, jamás habría tenido lugar un proceso porque la cuestión había prescrito en 2014”, señaló indignada Hampton.

Los padres, separados, presentaron tras encontrarse el cuerpo varias demandas por negligencia al Condado de Los Ángeles y llegaron a un acuerdo prejudicial por el que en 2011 recibieron una indemnización de 450.000 dólares (384.000 euros al cambio actual) cada uno. No han dejado de pedir que el caso se reabra por la vía penal y llegue a juicio, al igual que ha hecho Ronda Hampton. Caída ya la web www.findmitrice.com donde la familia y los amigos habían ido subiendo las grabaciones de la madre a la policía y otros indicios que consideraban probatorios de negligencias, Hampton mantiene una página en Facebook dedicada a la joven sigue preguntándose qué pasó. Este año ha vuelto a pedir la grabación completa de las cámaras de la comisaría, sin éxito. “Las mentiras, encubrimientos y errores apuntan al hecho de que alguien quiere que su caso siga sin resolverse. Si sabes algo, dilo”, reza la última publicación, del pasado día 13.

“La desaparición y la muerte de Mitrice Richardson fue y sigue siendo una tragedia”, concluía el informe independiente encargado por el Condado de Los Ángeles de 2012. Una tragedia de la que solo se conoce la protagonista y no el autor, qué o quién mató a aquella joven que quería ir a Marte porque decía que era de allí.


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